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Narrativas de hospitalidad y desarraigo… | Wooldy Edson Louidor/Profesor e investigador en la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá

El libro “Introducción a los estudios migratorios. Migraciones y derechos humanos en la era de la globalización” (Wooldy Edson Louidor, Editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2017) fue lanzado, junto con otras novedades de esta editorial, el pasado 2 de mayo de 2017, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

El texto parte de una de las grandes ambivalencias del mundo de hoy. 

Por un lado, vivimos en la era de la globalización de las migraciones, en la que prácticamente todos los países están atravesados por flujos migratorios en origen, tránsito o destino y el mundo como tal es configurado por una importante presencia de migrantes y refugiados. 

Por otro lado, se observan cada vez más en este mundo globalizado el estallido de crisis humanitarias en cascada (por ejemplo, enfrentamos la segunda crisis de refugiados después de la Segunda Guerra Mundial), violaciones sistemáticas de derechos humanos y una desprotección generalizada que afectan a la gran mayoría del total de 244 millones de migrantes y los 65,3 millones de personas desplazadas forzosamente a lo largo y ancho del planeta (según estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas para 2016 y 2015 respectivamente). 

Además, las respuestas que se han dado hasta ahora al problema son insuficientes y, en algunos casos, contraproducentes, ya que consisten en endurecer las medidas migratorias, hostilizar a las personas migrantes o paradójicamente en no dar ninguna respuesta a extranjeros (entre ellos, niños, mujeres y otras categorías vulnerables) con necesidad de protección internacional, dejándolos en manos de redes criminales o dejándolos morir durante la trayectoria y la travesía.

Esta ambivalencia entre la globalización de las migraciones y los vacíos de protección cada vez más generalizados de los migrantes y refugiados nos lleva a preguntarnos qué tan válido sigue siendo hoy en día el discurso de la universalidad de los derechos humanos y si realmente dicha universalidad serviría para responder a los vacíos de protección mencionados.

A lo largo de un poco más de 190 páginas, el libro sitúa, tomando en cuenta la coyuntura actual, el drama de las migraciones entre los contrastes de la globalización en su complejidad plurívoca y los espejismos del discurso hegemónico-occidental de la universalidad de los derechos humanos. 

Algunos contrastes de la globalización señalados por el libro son los siguientes.

Por ejemplo, cada vez nos aproximamos más como seres humanos (prácticamente todos los rincones del mundo han sido “descubiertos” y “visitados”), debido a la compresión espacio-temporal; lo cual, sin embargo, provoca miedo, inseguridad y políticas de hostilidad (cierre de fronteras, repliegue identitario, xenofobia, etc.) contra el vecino, el otro, el diferente, principalmente el que es pobre y necesita la protección de sus derechos y su dignidad. 

Otro contraste: la vertiginosa circulación de los flujos de información, capital y bienes va a la par con lo que el papa Francisco llama la “globalización de la indiferencia” ante el sufrimiento ajeno.  Pareciera que vivimos en una “aldea global”, pero no volvemos menos humanos, menos sensibles.

Por otra parte, el discurso de la universalidad de los derechos humanos, proclamada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y otros instrumentos posteriores, hereda los lastres colonialistas de otras creaciones del derecho, tales como el Derecho de Gentes (por ejemplo, durante el “descubrimiento” del Nuevo Mundo) y los Derechos del Hombre (en la modernidad ilustrada). 

Uno de los lastres colonialistas tiene que ver con el uso o la instrumentalización, por parte de países europeos, de estos instrumentos de derecho e incluso de valores éticos (hospitalidad, justicia, etc.) para construir y negar al otro (alegando su condición “bárbara”) y justificar su opresión, su esclavización y su muerte (cultural, social y física). 

La empresa de la conquista y posterior colonización de las Américas, el racismo y la trata negrera son ejemplos contundentes de esta manera colonialista de proceder; a la cual no escapa el discurso de la universalidad de los derechos humanos, hegemonizado por países noratlánticos que aún les niegan a los “otros” un lugar como “sujetos” de derechos humanos y como “interlocutores válidos”. 

Los migrantes, que son los otros “otros”, son víctimas de esta exclusión y de las violaciones de sus derechos humanos y se encuentran totalmente desprotegidos a lo largo y ancho del planeta; lo cual evidencia que los derechos humanos no son realmente universales, es decir que aún no se aplican a todas y todos en cualquier tiempo y lugar.  La excepción es la regla.    

Esta preocupante situación de los migrantes -que desenmascara los discursos hegemónicos (llenos de espejismos y colonialidad) de la universalidad de los derechos humanos- nos obliga hoy en día a resignificar dicha universalidad. 

Del mismo modo, nos lleva a replantear la actual globalización (hegemónica y neoliberal) que genera millones de víctimas (en particular, en países del Tercer Mundo en África y América Latina, por ejemplo) y las desarraiga (por medio de las guerras, la destrucción del medioambiente, la realización de megaproyectos de desarrollo y otros efectos del capitalismo global), convirtiéndolas en seres humanos sin mundo y sin hogar.

En este panorama desolador, la hospitalidad aparece a todas luces como una respuesta ética, jurídica y política pertinente a esta urgente labor de dar lugar y cabida a cada vez más seres humanos, familias e incluso comunidades enteras, desarraigos, obligados a vagar en el mundo y atrapados en no lugares. 

La alteridad, en concreto el hecho de no pertenecer a la misma comunidad política y al mismo ethos cultural (al Estado nación), no puede seguir siendo un pretexto para no acoger al “otro” con necesidad de protección internacional, haciéndole la guerra, dejándolo morir, cerrándole la puerta, tratándolo como un enemigo o una eventual amenaza (es decir, aplicando el estado de excepción). 

También es necesario el reajuste de un mundo que privilegia el mercado, la ganancia, los bienes, la acumulación y la riqueza material, en detrimento de seres humanos “otros” y de la misma naturaleza; en pocas palabras, urge la creación de un mundo humano y eco-compatible que se ajuste a todos los seres humanos (y no, a favor de unos pocos y en contra de otros-la gran mayoría-).    

Finalmente, el derecho internacional requiere de serias transformaciones, empezando con la ruptura con sus ataduras de la soberanía estatal y propiciando el “polílogo” simétrico con otros actores (profesionales de otras disciplinas, miembros de organizaciones no gubernamentales, redes de migrantes, etc.) y con otras culturas, para poder responder de manera adecuada a los grandes retos y problemas actuales –en particular, los de las migraciones- que afectan a la humanidad en cuanto tal.