En una sociedad que actúa en lo inmediato, que vive apurada y sin mirar al otro, enajenada en una pantalla que lo atonta con información superflua, de pronto festejar entre nosotros 10 años de hacer comunicación alternativa, en la isla, entre todos, escuchando al vecino, aprendiendo, comprendiendo al otro, es una casi una hazaña, un hecho asombroso.
El domingo 16 de agosto del 2015, fui invitada por Jose Luis Soto a la celebración de los 10 años de vida del medio. En el mismo lugar donde se celebro el segundo año, donde fui invitada y del cual escribí una historia que salió publicada en el periódico HOY en octubre del 2007, titulada Simidor.
Mientras transcurría el acto, me acorde de aquella fiesta, recordé al joven bailarín que cerró el acto, me acorde de 1982, de mis hijos chiquitos en un carro y yo dando vueltas por Puerto Príncipe para dormir a Juanito que era un bebe, y pensé en todo lo que habíamos construido en para mi casi 9 años de escribir todas las semanas.
Sin oficinas, sin presupuesto, sin dinero, sin apoyos excepto la voluntad de cada uno de nosotros para hacer un trabajo de servicio a la comunidad, de hacer periodismo ético, generoso, proteico desde nuestro don o habilidad.
Me dieron un reconocimiento que me emociono porque sin darme cuenta ellos grabaron eso que siempre estoy dispuesta a hacer con los jóvenes.
“Chicos, díganme en que puedo ayudarlos”
Después, mientras veía a los otros compañeros recibir sus premios recordé y agradecí que desde el año 2007, ellos publicaron sin censuras, sin omitir una coma todo lo que escribí ininterrumpidamente, todas las semanas.
Espacinsular, Jose Luis Soto y Seferina de la Cruz me dieron la oportunidad de trabajar, pulirme, mejorar la escritura de ensayos y hacer un acopio de material en ese género de escritura.
Y no solo lo publicaron sin censuras sino que en cada uno de los textos ellos colaboraron y enriquecieron con fotos, documentos, videos.
Siempre pienso y lo dije esa noche que nuestra mayor alegría nuestro mayor logro y regocijo es la de haber puesto la historia de vida “Está ocurriendo todo, todavía” en octubre del 2008, y que un año después un mejicano que lo leyó en la red se comunicara con Jose Luis Soto y que Maria Rojas, la hija dominicana de un exiliado español que llego en 1940, se reencontrara con la vida de su padre y que supiera cómo había vivido y terminado sus días en Méjico.
Creo que esos son los mejores premios, para todos los que trabajamos y colaboramos en Espacio insular.
Cuando regrese a mi casa, busque aquel texto que escribí sobre esos dos años de Espacinsular, y separe un texto de una portada de un disco que dice así:
“En la contraportada de un disco que compre en Puerto Príncipe, en 1982 hay un texto que dice así:
“De la cuna a la tumba/el haitiano canta /en las llanuras…/ en las montañas / día y noche /canta /en los caminos y/ en los combites/ de día /durante largas vigilias, bajo los peristilos
de noche /el eco de sus canciones repercute /de colina en colina /de la montaña a la llanura /de la llanura a la ciudad”
En aquel texto de hace siete años escribí: (…) “La contraportada del disco del Coro Simidor se apareció como por una suerte de magia, la tarde del 15 de agosto del 2007, cuando los muchachos de Espacinsular se reunieron para festejar los dos años de vida de esa página digital dedicada a hermanar República Dominicana y Haití.
José Luis Soto, su director me invitó a compartir la tarde con ellos.
Lo conocí en abril del 2007, cuando publicó un texto que escribí en homenaje a Marta Sepúlveda que no fue posible publicar en los medios habituales.
Después, nos reunimos para ver qué podíamos hacer juntos y de qué manera podía colaborar en ese proyecto lleno de frescura y solidaridad.
Jose Luis y Serafina vinieron a casa y desde entonces empecé a escribir semanalmente con el propósito deliberado de contar de a poco lo que significó para mí vivir ocho meses en Haití, desde 1982 hasta 1983.
Para mí, desde abril y hasta la tarde de agosto, Espacinsular era una página virtual.
Como virtual era el trabajo de esos jóvenes dominicanos que no tenían oficina, ni sede, ni salarios ni soporte para su sueño. Ellos tenían de sobra energía, solidaridad y la esperanza de contribuir a una vida mejor y más generosa para las gentes que viven en los dos países que alberga la isla.
Al llegar a CEPAE esa tarde, sentí algo extraño cuando subí la escalera que llevaba al salón, cuando escuché las voces de los jóvenes haitianos que me guiaron al lugar de la celebración, las risas de unos chiquillos preparando ramos de flores y bocadillos, algo me trajo el aroma de veinte años atrás, en Puerto Príncipe y recordé las canciones del Coro Simidor que interpretaban el sentir y la emoción de un pueblo digno y poético.
Después, empezó la celebración con el recuento histórico de cómo había empezado ese proyecto y José Luis Soto contó la historia de Espacinsular, de Serafina y sus hijos, de Ramón y sus habilidades para diseñar y montar de la nada una página en Internet, de la ayuda desinteresada de una belga y un joven cooperante argentino, de la solidaridad prudente y recatada de Edwin Paraison, de la contribución alegre de todos los hijos de muchos de los integrantes del grupo que ponían flores, o montaban las pantallas para trasmitir los videos de música haitiana y dominicana.
José Luis Soto entregó placas y reconocimientos y casi a punto de terminar el acto un joven haitiano inmigrante, perteneciente a la pastoral interpretó una canción especialmente compuesta para agradecer la contribución de Espainsular.
Alto, esbelto, vestido con un traje a rayas y una pulcra camisa blanca hizo pases de karate, danzó, giró y declamó en un correcto español cuajado de la dulce tonada del creole y el francés.
Una hermosa cabeza sobre un esbelto cuello que me recordó la estatuaria africana de un príncipe rada. Su figura ágil, fuerte y al mismo tiempo llena de gracia me desató el recuerdo. Los párrafos del viejo poeta buscando consuelo para el dolor de dos pueblos hermanos y la danza del joven inmigrante fueron premonición y augurio.
Pensé en el esbelto haitiano bailando en un salón del Santo Domingo español como en un Simidor, como un mensajero de los viejos dioses, como un resurgir de los viejos ídolos olvidados que están vivos en la historia y el sentir de las gentes humildes y buenas que viven en la isla.
Cuando regresé a mi casa busqué aquel viejo disco que escuché tantas veces en Puerto Príncipe y que me acompaña desde entonces.
La contraportada del disco tiene un texto de presentación que dice así:
Algunas notas sobre el Coro Simidor
”Hace algunos años, cuarenta muchachos y muchachas de la universidad, se reunieron alrededor de Frere Laguerre, talentoso director del grupo, para recuperar las canciones sagradas y profanas del folklore haitiano. Ellos conformaron un repertorio que puede ser considerado un auténtico Simidor, nombre adoptado por el coro.
En cada aldea se encuentra siempre un hombre, más o menos talentoso que es el depositario de viejas canciones y es un compositor indispensable en los combites. Ese hombre es un Simidor.
Es el que en las aldeas mantiene la tradición de los cuentos orales, el que en los servicios religiosos sabe encontrar las canciones tradicionales del culto vaudou.”
Hasta ahí una traducción libre hecha por mí de aquella portada que despertaba tan lindos recuerdos.
Sentí que esa página virtual, llevada adelante con tanto fervor por los jóvenes de Espacinsular, es como el joven bailarín haitiano, un auténtico Simidor.
Un intérprete generoso y proteico que montado en los hallazgos de la tecnología del siglo XXI, es capaz de traducir con sensibilidad y poesía las esperanzas de dos pueblos hermanos como son el dominicano y el haitiano, más allá de los desencuentros, las miserias burocráticas y los juegos de intereses.”
La historia es más larga y yo reproduzco solo trozos de lo que hace ocho años me conmovió. Lo que me gusta y llena de alegría y satisfacción por el trabajo que hemos hecho entre todos a lo largo de 10 anos es que esa tarde un joven Simidor dominicano, el hijo de Seferina de la Cruz cerro la tarde de premios y festejos, tocando el violín como aquel Simidor bello, esbelto y joven que bailaba en la tarde del 15 de agosto del 2007.
Santo Domingo, 13 de septiembre 2015.