Historia de vida… | Graciela Azcárate/Especial para Espacinsular

Para Elsa Expósito

“Fue aquel verano memorable. Nosotros sabíamos que queríamos estar juntos. A veces nos preguntábamos como  recordaríamos aquellos años, como nos describiríamos a nosotros mismos y a los otros.” Christa Wolf: “Pieza de verano”

“En realidad, Elsa, tu nota interactiva fue como esa cereza en el postre, como esa guindilla que da el toque de sabor incomparable a la comida ritual.  Te lo agradezco. De pronto, cambiaste mi humor, limpiaste de nubes un día tormentoso, fuiste la oliva en el canapé”

 

(…)”Y me pregunte, Elsa, como tantas veces, pensando en esos paraísos perdidos,  lo que nos pasó a las mujeres de nuestra generación.   Lo que les pasó a nuestras madres,  abuelas,  tías, a las  mujeres de la familia, las mujeres de nuestra ciudad,  las mujeres de nuestros barrios, esas mujeres que se murieron  anónimas  y enmudecidas,  degolladas, sin voz  para  decir todo lo que de sevicia significa haber nacido mujer.”

(…) “Te lo pregunto Elsa,  porque  eres la dominicana.

¿Tendrá eso que ver con esta   realidad plagada de fantasmas, donde conviven víctimas y victimarios, en un Santo Domingo donde 70 años después, “Un desierto cruje,  de aridez, lejanía,  y vil vacío.”

Historia de vida: “El tiempo apremia”10 de agosto, 2010, Santo Domingo.

A modo de Introducción

Conocí a Elsa Expósito en la sala de Redacción del periódico El Siglo en 1989. Bienvenido Alvarez Vega  era su director y llevo un equipo de mujeres  de distintas disciplinas para darle apoyo. Redactoras, periodistas, diseñadoras graficas, especialistas en relaciones internacionales, en política, jóvenes traductoras, grabadoras y dibujantes.

Fue un grandioso equipo de mujeres  que hace 27 anos, participamos de una experiencia inigualable. Por lo menos para mi.

Mery Sanchez Mulet, Lorelay Carron, Patricia García, Zaida Corniel, Elsa Expósito, la que escribe esta historia era la dibujante que servía de ilustradora  a Lorelay Carron en el diseño y edición del suplemento cultural Coloquio que dirigía Bruno Rosario Candelier, en equipo con Andrés L. Mateo y Marcio Veloz Maggiolo.

Desde ese momento tejí una bella amistad con Elsa. Nos seguíamos los pasos, nos hablábamos por teléfono, nos festejábamos en las inauguraciones  y cuando llegaron las redes virtuales de internet fue mi lectora constante y cariñosa hasta que se enfermo y murió un tiempo después. Cierro los ojos y la recuerdo en el año 2008, en el patio del Archivo General de la Nación en la inauguración de la exposición fotográfica “Más fuerte que la muerte” en homenaje a los refugiados españoles huidos de la guerra civil española.

Solidaria, compañera, generosa como intelectual, como trabajadora de la cultura y sobre todo como mujer.

Ahora al abrir mi computadora encontré el trabajo de Espacinsular sobre ella. Busque en mis archivos, la evoque, busque su foto y reescribí esa historia de vida de hace seis años. Me pareció elegiaco  ese pasaje tan hermoso de Christa Woolf, precisamente escrito en 1989, recordando esa Alemania de la RDA, esa generación que vio desmoronarse sus sueños y su vida con la caída del Muro de Berlín.

“Ahora que todo ha terminado, esta pregunta tiene respuesta. Ahora que Luisa se ha ido, que Bella nos ha abandonado para siempre, que Steffi ha muerto, que las casas han sido destruidas, ahora el recuerdo vuelve a reinar en la vida”

“El tiempo apremia: escribo”

 

Todo empezó el sábado 15 de mayo cuando releyendo las crónicas sociales, mire la foto con el testimonio de la celebración de un premio de literatura, un libro ganador y una familia reconocida en su calvario. En el pie de foto, en la hilera  de funcionarios  y al lado de la homenajeada busque a la  escritora.  A la artesana de la palabra, la que recogió los testimonios, los pensó, los elaboró, buscó la palabra exacta para narrar lo atroz, la escriba que le dio forma y contenido.  No estaba. No apareció. Desaparecida. NN.  Sin créditos, ninguneada.  Nada.

Fugazmente,  días antes leí en la red  un comentario.  Lo desestime porque me supo a chisme provinciano pero cuando vi la foto y volví a la red para confirmar la ausencia de la autora, la información había sido censurada.

Después leí la primera plana de Clave digital.  Decía que en tres meses han matado 576 personas, automáticamente incluí entre los muertos a la escritora desaparecida porque como diría Bertold Brecht    hay muchas formas de asesinar.

 Recordé  una carta escrita por Eliseo Bayo a Lidia Falcón, presa por antifranquista,  el 17 de noviembre de 1972, en España.

Le escribe dolido por la muerte de la madre  de la escritora  a quien sentía como propia. Lidia Falcón estaba presa  en la cárcel de mujeres de Barcelona  y su abogado le anunció  que su hermosa madre Enriqueta O’Neill se había suicidado.

Entonces  el amigo de militancia y psiquiatra en una larga carta le escribe: “Murió  en verdad en 1939, cuando se vio obligada a buscarse seudónimo, cuando tuvo que tragarse la mediocridad, toda la falsedad y todos  los crímenes que se cometían entonces. Murió muchas veces a la vez, porque fue traicionada y olvidada por los suyos, porque era de los derrotados, porque era mujer, porque  ya antes  cuando niña la habían educado torpemente, porque desde la cuna y eso es terrible era mujer. Su vida desde 1939, hasta el miércoles pasado no le pertenecía, ya la habían hundido, mediatizado y negado.

¿Podíamos haber hecho algo por ella? Esa es la pregunta que no me dejara dormir hoy. Trato de justificarme diciéndome que con los muertos o mejor dicho con los asesinados, no se puede hacer nada salvo llevar la protesta y la maldición contra todos los que han hecho posible estas cosas…”

En realidad, Elsa, tu nota interactiva fue como esa cereza en el postre, como esa guindilla que da el toque de sabor incomparable a la comida ritual.  Te lo agradezco. De pronto, cambiaste mi humor, limpiaste de nubes un día tormentoso, fuiste la oliva en el canapé.

Tres textos esperaban ese touch of class, ese toque de vida que con tu mensaje cariñoso, te diré,  avivó el recuerdo, la memoria, esos paraísos perdidos que dice Borges.  Recite de memoria:

 “En aquel Buenos Aires  que me dejó, yo sería un extraño/ Se que los únicos  paraísos no  vedados al hombre son los paraísos perdidos/ Alguien casi idéntico a mí, / Alguien  que no habrá leído esta página/ lamentara las torres de cemento y el talado obelisco”.

Eso dice Jose Luis Borges en el poema titulado  “Buenos Aires”  publicado en La Cifra, que hice mío.

Y me pregunte, Elsa, como tantas veces, pensando en esos paraísos perdidos,  lo que nos pasó a las mujeres de nuestra generación.   Lo que les pasó a nuestras madres,  abuelas,  tías, a las  mujeres de la familia, las mujeres de nuestra ciudad,  las mujeres de nuestros barrios, esas mujeres que se murieron  anónimas  y enmudecidas,  degolladas, sin voz  para  decir todo lo que de sevicia significa haber nacido mujer.

Hace unos meses releí  Nada de Carmen Laforet.

Porque todavía sigo dando vueltas y escarbando en ese universo femenino de las mujeres españolas y  europeas en el preludio de la guerra civil española y la segunda guerra mundial.  Ese mundo inexplorado, terrible y maravilloso al mismo tiempo  que descubrí en el trabajo de curaduría de la exposición fotográfica” Mas fuerte que la muerte”.

Te diré,  que  todavía me ronda, me obsesiona, lo sueño, se me aparecen  en duermevela las españolas,  las inmigrantes, las indigentes, pedazos de versos se aparecen, exigen,  casi te diría que se han convertido  en un ejército de fantasmas.

 En  una  demanda ancestral, un  bajar a ese inconsciente colectivo que muchas veces dirige nuestras vidas sin nosotros saberlo.

Te cuento que Carmen Laforet nació el 6 de septiembre de 1921, en Barcelona.  Con  apenas 23 años debuto con la novela Nada  y ganó el premio Nadal en 1944.  Dicen que ese éxito la marcó. Escribió algunas novelas, ensayos pero su vida estuvo marcada por una infancia triste y ese premio a destiempo.  Una vida y un premio que la puso en fuga. Después,  llegó una etapa oscura, en fuga siempre,  a pesar del universo cotidiano y tranquilizador de un esposo y cinco hijos.  Su mente, como ella, también empezó a huir. Dejó a su marido e hijos y se fue a Roma. Durante 7 años buscó amparo en la religión junto a su amiga íntima, la deportista Lila Álvarez.

Su trabajo siempre tuvo una gran carga autobiográfica y eso le creó  conflictos  con la familia, con el ex marido  y agudizó su inseguridad patológica. Cuando publicó Nada tuvo el rechazo frontal de la familia, sobre todo la paterna. El padre se casó dos veces y ella tuvo una relación muy traumática con la  madrastra. Nunca aceptó el nuevo matrimonio de su padre y la sustitución de su madre muerta. Cuando se separó de su marido Manuel Cerezales, éste le exigió que no escribiera sobre la vida en común y los 25 años de matrimonio. Le hizo firmar por escrito y ante notario la prohibición expresa de escribir de esos años,  en clave autobiográfica.  Ella  aceptó.   Solita se degolló. Volvió a fugarse y como escritora agravó la parálisis creativa y minó su  libertad como autora. En el año 2004, con la mente ausente por el Alzhéimer, murió  en Madrid.

Intercambió 74 cartas con Ramón Sender y su hija Cristina las publicó en 2003 con el título, Puedo contar contigo. Acaban de presentar la primera biografía de Laforet: se titula Carmen Laforet: Una mujer en fuga  escrito  por Anna Caballé e Israel Rolón. En una entrevista a los autores,  Caballe afirma que: “Una debe enfrentar sus fantasmas; huir de ellos acaba teniendo un costo brutal”
“De pronto, bajo el pie, cruje un desierto con una flor de pétalos punzantes. Aridez, lejanía, vil vacío.”
Con esta cita de Jorge Guillén,  de Mundo cotidiano ella  abre la novela La insolación. La ultima de su producción acosada por la grafo fobia. Su momento de fulgor y caída al mismo tiempo empieza  con la novela Nada  donde cuenta la vida de una joven provinciana, una muchacha de dieciocho años,  que llega a la gran ciudad: a la Barcelona mundana, moderna y adelantada que sus deseos han levantado.  Pero sus deseos nada tienen que ver con esa  España franquista. La ficción es el relato de su vida  a comienzos de los años cuarenta, en la posguerra española, donde  las miserias y las necesidades son la pesadumbre cotidiana. Cuenta la vida de  Andrea, la protagonista de Nada. Premio Nadal de 1944, tempranísima consagración de Carmen Laforet como novelista.

Carmen Laforet y la España franquista  

Un crítico literario dice: (…)”Desde que apareciera en 1945, Nada es un éxito de ventas. Será un exponente de la historia literaria española, una nueva forma de narrar con autenticidad y crudeza las relaciones desabridas, mezquinas, de una familia, pero también la desilusión, la frustración de las expectativas, la ingratitud y el egoísmo. Andrea nos presenta a sus parientes como personas de gran sordidez y violencia: en el mejor de los casos, gentes extraviadas, de chifladura incorregible, seres incapaces de generosidad, individuos para los que es difícil cualquier expresión de afecto o de ternura”. 

La novela será vista como un relato alegórico del régimen franquista, como la crítica furibunda, tremenda, de una España mezquina, la de aquella posguerra inacabable. Todo  el ambiente y  el lenguaje  corresponde a una muchacha que ve derrumbarse su futuro inmediato, cifrado en ese sueño barcelonés  de ser  universitaria y en la expectativa familiar.  Vida marcada por los efectos de una infancia triste y carente, aunque sin estrecheces materiales: de buena familia, con un padre refinado y distante; con una madre apenada, indispuesta, deprimida, que se muere siendo ella muy chiquita,  rápidamente sustituida por otra mujer. Una mujer que la hostiga.  Una madrasta que la obliga a emprender  la primera de sus muchas fugas.

Huye de las Islas Canarias a la Península. Como en un viacrucis, el resto de su vida quedará condicionada por esa vicisitud y las estaciones de su dolor estarán marcadas por el  desarraigo y la mala conciencia de la huida.  Ni Barcelona será el paraíso soñado de sus ancestros, ni Madrid será la urbe cosmopolita que se le abre a Andrea en Nada: sólo es una ciudad raquítica, mezquina, codiciosa, también provinciana, de la que siempre estará huyendo.
Escribirá, romperá, rehacerá, exigiéndose tal vez más de lo debido, soñando con dedicarse a su familia o simplemente con desaparecer.

Carmen Laforet vivió  en fuga y  no se rebeló. Sólo emprendió  una y otra vez sucesivas fugas, con fatiga,  con miedos: “Yo no soy luchadora”, le escribe  a Ramón J. Sender en una carta remitida en mayo de 1966.

¿Te preguntaras, Elsa, a santo de qué viene este relato de la escritora dominicana desaparecida de los créditos y la foto, para que traigo a la memoria el suicidio de Carlota O’Neill, o la muerte a destiempo de Carmen Laforet… o porque te convertiste en la guindilla en el sabroso guiso de mis escritos?

Es porque para mí, ese: ¿”Podíamos haber hecho algo por ella? Es la pregunta que no me deja dormir.” No es que no me deje dormir es como darme vuelta y enfrentar de golpe y rabiosa a ese fantasma de la mujer callada, degollada, sumisa y silenciada  que es el libreto estipulado para todas nosotras.  Las de ahora y las de hace 70 años. Dicen que en la España de hoy día no hubo transición, que las complicidades con los franquistas impiden enterrar a los miles de muertos de la guerra civil y de la posguerra.

Francisco Franco y Rafael Leonidas Trujillo siguen vivos con una corte de cómplices.  Aquí y allá. Y esa verdad terrible para España actual   tiene asidero en esas horribles apologías familiares de Trujillo, ahora en Santo Domingo, simplemente por las fugas y complicidades de los derrotados.

Te lo pregunto Elsa,  porque  eres la dominicana.

¿Tendrá eso que ver con esta   realidad plagada de fantasmas, donde conviven víctimas y victimarios, en un Santo Domingo donde 70 años después, “Un desierto cruje,  de aridez, lejanía,  y vil vacío.”

De un solo tajo, como a tantas de nosotras, siento que no importa de donde venga la estocada,  me  quieren degollar. Me quieren silenciar y hacerme decir  que: No importa.

El tiempo apremia. Aunque crean que mataron a Trujillo  en 1961 y  que Franco se murió  en 1975 de enfermedad le siguen cortando la voz a una escritora, y en ella a las múltiples escritoras   porque de cortársela  a ella me la están cortando a mí.  Aunque no  se rebele , aunque no diga nada, aunque se fugue, se esconda  y elija el silencio , aunque ponga el cuello para el  corte,  creo como  el sudafricano Coetze que: “escribes porque estuviste sola en tu infancia, porque no tuviste amor.(…) no escribes gracias a la plenitud; escribimos gracias a la angustia, a la carencia” lo  dice en El maestro de Petersburgo  en una suerte de tour de forcé entre Dostoievski y el apartheid del premio Nobel.

Pero lo que más me anima a escribirte, Elsa, es para  decirte que por ningún motivo,  aunque muramos muchas veces, aunque nos pongan en fuga, aunque degüellen a  nuestras abuelas, a nuestras madres, a nuestra tías,  y a nosotras mismas, aunque  hemos sido traicionadas y olvidadas por los nuestros, aunque tengamos miedo y un resorte compulsivo nos ponga  en fuga,   nunca por ningún motivo dejemos de escribir.  ¿Vamos a huir de nuevo, vamos a ponernos en fuga, solitas  vamos a rebanarnos el cuello?

Te diré, Elsa  que  tu oliva en el canapé,  tu guindilla en mi guiso literario, es ese  vivaz y  vital darme vuelta, encarar a ese  fantasma del pasado  que se resume   en la  estrofa de un poema de la polaca  Wyzlaba Symborska cuando dice: “El tiempo apremia: escribo”

 Santo domingo, 10 de agosto 2010-

Nota: Reescrito, enriquecido con una introducción para explicar una historia, una amistad entre mujeres periodistas  y fotos para ser publicado en Espacinsular en homenaje a Elsa Expósito.

Jueves 15 de septiembre 2016.