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Opinión | Doctor Nelson Figueroa Rodríguez/abogado y consultor internacional

En estos tiempos convulsos de modernidad, hemos llegado a la conclusión, sin saber cómo, de que subsistimos en una vida acelerada, donde sentimos que la misma se nos diluye en un instante.

Donde el trajinar de cada día resulta insuficiente para cubrir la cotidianidad que nos abruma, la cual nos deja afligidos y afligidas por los afanes cotidianos de cada día y nos mantiene en un estado de inquietud permanente como si estuviésemos en un pulso constante con la existencia.

Este mundo trémulo de hoy, nos mantienen  asediados y asediadas  de informaciones,  no elegidas al azar, sino más bien encaminadas a manipularnos, de las cuales nos hacen participes, testigos y muchas veces cómplices de los hechos  acecidos en cualquier rincón del mundo, y por demás, nos convierten en reporteros y reporteras de las primicias que van orquestadas a dominarnos y mordernos, y desde la comodidad de nuestros hogares en las diversas comunidades, nos brindan una cristalera a la humanidad, que nos hace sentir que pertenecemos y somos  parte de  un todo, lo que Marshall McLuhan denomino la aldea global.

  A través de este sistema comunicacional audiovisual masificado exponencialmente por la Internet, nos establecen normas de cómo ser y vivir, lo que nos mantienen en una lucha perenne en la búsqueda de ser aceptados y aceptadas en estos modelos de comportamientos y el sentido de pertenecer nos mantiene sin rumbo fijo, siempre buscando nuevos propósitos para ser admitidos y admitidas, y así obtener reconocimiento, aprobación y en este gran circo de la vida, los merecidos aplausos, pues ya las metas no son familiares, locales o nacionales, nuestras metas son globales,  y por lo tanto se está  perdiendo  la identidad.

 Nos han sumergido en un modelo de vida idealizada, que a través de la inducción nos presentan distintas realidades y modelo a seguir muy divorciadas a nuestras vivencias, a nuestros usos, nuestras costumbres a nuestra cultura, nuestro folclor, a nuestra semejanza como pueblo, de ahí que, en muchas ocasiones, gastamos nuestras energías en procura de podernos insertar en este mundo artificial, que nos agota el existir, nos asfixia la agonía de querer ser, y es cuando vamos sintiendo que la vida se nos difumina tan rápido y fugaz como nubes desplazadas y sustituidas por las caricias de los vientos.

 En este pulso  constante con la existencia, nos encontramos en una emboscada, pues nos tienen allanada las ideas, y los patrones foráneos nos hacen un escrutinio permanente, los cuales nos mantienen con un alto grado de insatisfacción, pues siempre queremos nuevas ambiciones, y si bien aún no hemos conseguidos escalar  al púlpito del éxito  de la primera, a pesar de los grandes esfuerzos, ya estamos entrampados y entrampadas  en   nuevos dilemas, y nos embarcamos en el crucero de las  ilusiones que nos enrostra  el  nuevo modelo de  sociedad que se nos impone, el cual siempre nos muestra una hendedura de nuevas formas de vida a las cuales siempre queremos imitar , conseguir, emular y en  eso se nos va la vida y estamos echando los últimos soplo de vida en tratar de satisfacer lo que la nueva sociedad nos exige.

 Hemos perdido el rumbo y el egoísmo y la individualidad nos ha dominado, hemos dejado de valorar las cosas realmente importantes que dan sentido al vivir y nos hemos convertidos en resentidos  y resentidas de nosotros  mismos, ya que hemos dejado de apreciar el valor de la familia, el sentido de conversar con los amigos y las amigas, luego ya somos extraños al calor de un abrazo e indiferente a la intromisión de un vecino y una vecina, puesto que tenemos más información del mundo exterior que de nuestro propio círculo familiar, de nuestra propia localidad , de ahí el afán de querer pertenecer a este mundo global nos esta llevando a un abismo existencial, donde sentimos que ni somos, ni pertenecemos a  ningún espacio y de ahí muchas veces llega la pregunta ¿ Que sentido tiene la vida?   El sentido está en tus manos y tú   eres quien cabalga tu destino.