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Opinión | Riamny María Méndez Féliz

El artista Gerard Ellis miró a unos trabajadores invisibles para muchos de nosotros: los obreros de la construcción. La exposición Territorio Movedizo aborda la explotación laboral de los que, literalmente, bloque a bloque, construyen nuestra ciudad, nuestro barrio, nuestro edificio, nuestra casa

Caminaba por las calles de la zona colonial. Ensimismada, pensaba en cómo resolver unos asuntos burocráticos que por falta de una firma aquí, otra allá, y un olvido acullá se han retrasado de forma absurda.

Mientras caminaba, alguna mujer barría la calle, un grupo de obreros trabajaba en una construcción, y seguramente dentro de las viviendas, decenas de personas hacían las tareas que sostienen nuestras vidas: cocinar, limpiar, lavar la ropa, cuidar los niños…trabajos y trabajadores que con frecuencia no vemos o no queremos ver.

Y, casi por casualidad, entré a la sala de exposiciones del Centro Cultural de España para ver si había algún trabajo interesante y para salir del bucle de pensamientos sobre gestiones administrativas pendientes.

En efecto, había y hay una exposición muy interesante. El artista Gerard Ellis miró a unos trabajadores invisibles para muchos de nosotros: los obreros de la construcción. La exposición Territorio Movedizo aborda la explotación laboral de los que, literalmente, bloque a bloque, construyen nuestra ciudad, nuestro barrio, nuestro edificio, nuestra casa.

El curador de la exposición, Orlando Isaac, dice, en el texto de presentación: “Estos cuerpos mutilados y periféricos representados en su obra, han sido sometidos a la explotación laboral y la invisibilidad ciudadana”.

Y agrega que el artista “aborda de manera contundente el tema de los desplazamientos humanos, reflejando la realidad de aquellos que se ven forzados a abandonar sus hogares en busca de mejores oportunidades, huyendo de la violencia y la pobreza”.

Para resaltar la invisibilidad que habitan y la poca importancia que le damos a uno de los trabajos más esenciales para nuestras vidas y nuestras comunidades, Ellis mezcla el cuerpo del obrero con el de la máquina o con el objeto, hasta fundirlos en una sola cosa. Y para que recordemos su humanidad, recrea una pequeña escena, casi doméstica, en una construcción a medio hacer: un pantalón tendido, un perro que descansa.

Me conmovió aquella escena. Pensé que estaba tan angustiada y centrada en esos documentos, que en las instituciones a las que acudo para tratar de resolver los entuertos, solo veo a aquellos trabajadores que me pueden ayudar con mi urgencia: una secretaria, un director de departamento. Y los demás trabajadores y trabajadoras se han vuelto invisibles para mí en estos días. Con las prisas, no miro al portero ni a la señora del café ni al que arregla una escalera.

Pero, sin ellos, sin esos “trabajadores invisibles” que nos recuerda Ellis, las instituciones no existirían, en el sentido más literal del término. Ellos también necesitan que los miremos, les demos los buenos días y los incluyamos en nuestras preocupaciones y ocupaciones por los derechos laborales que ahora corren peligro.

La exposición de Ellis estará abierta hasta el 21 de julio. Y la necesitamos para ver o para volver a ver a los trabajadores olvidados.

Para esto sirve también el arte: para que no olvidemos a aquellos que no dan conferencias ni son protagonistas en los medios de comunicación ni se sientan en la mesa de negociaciones cuando se discuten las leyes. El arte sirve para devolvernos la mirada, la atención y el corazón a los lugares correctos. Y llega a donde las estadísticas ni los análisis académicos ni los reportajes del periódico pueden llegar.

 *Canoa Púrpura, es la columna del proyecto periodístico de Colectiva Púrpura y de su podcast Libertarias, que se transmite por La República Radio.