Contáctenos Quiénes somos
Opinión | Wooldy Edson Louidor/Profesor e investigador en la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá

Leipzig (Alemania), 19 de abril de 2021. No es exagerado afirmar que quienes fabrican los problemas del mundo son quienes logran imponer qué problemas el mundo debe considerar como tales.

Este breve artículo no busca sustentar esta afirmación, sino esclarecer un poco más este problema que podemos llamar “el problema de los problemas”, ya que nos permite entender cómo se invisibiliza y se culpabiliza a unos seres humanos e incluso países y continentes enteros por el hecho de ser lo que son.

Preguntemos: ¿Cómo explicar que, en un mundo donde hay cada vez un mayor plexo de problemas sociales, económicos, geopolíticos, medioambientales y sanitarios, sin embargo, nos vemos obligados a mirar hacia unos y no hacia otros, independientemente de la gravedad del problema considerado?

Así como todos los seres humanos y países no son tratados como iguales, tampoco sus problemas ni sus modos de comprenderlos lo son. Sin lugar a dudas, estamos ante algo más complejo que una “batalla de la información”: se trata de la lucha por imponer los problemas que deben ser parte de la agenda epistemológica del mundo. Quienes están en esta agenda epistemológica son quienes, cuyos problemas merecen la pena ser considerados como tales y ser abordados como problemas políticos. Lo político depende de lo epistemológico en este sentido.  

Si bien todo ello termina siendo un combate político, pero se utiliza la epistemología como un arma, esto es, se nos impone cómo debemos acceder a la experiencia sensible o sentiente y cognitiva del mundo, y, por lo tanto, cuáles son los problemas que tienen que importarnos y llamarnos la atención. 

Por ejemplo, en todos los rincones del planeta hay problemas que enfrentan comunidades, pueblos e incluso continentes, pero ¿cuáles de estos problemas han sido suficientemente mediatizados, es decir, reconocidos como problemas en, para y de nuestro mundo? 

Todo parece indicar que, a pesar de la gran importancia innegable de las redes sociales y los medios alternativos, hay una potente “fábrica de problemas” y, en concreto, de aquellos problemas que se deben considerar como problemas en/de/para el mundo. Además, esta fábrica tiene una manera específica de “problematizar”, en que se privilegian y se hegemonizan unos problemas en detrimento de otros: se trata de una manera hegemónica que cuenta con sus agentes, sus técnicas y sus intereses. Los agentes de esta fábrica son, sin duda, los medios de comunicación hegemónicos y privilegiados política, simbólica y económicamente: los medios que son los dueños del mundo.

Por ejemplo, los ojos de estos medios hegemónicos que fabrican los problemas de/en/para el mundo se fijan en la actualidad en el encarcelamiento del líder opositor ruso Aleksei Nalvani y en la autonomía de Ucrania y, por lo tanto, en el “problema” de cómo se agudizan los conflictos geopolíticos entre Rusia y, por una parte, Estados Unidos de América y, por la otra, la Unión Europea. 

También nos hacen ver cómo Irán desata el rechazo de los países occidentales por su proyecto de enriquecimiento del uranio más allá de lo permitido por el Acuerdo Nuclear firmado en 2015 por él con Rusia, Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido y Alemania. 

Nos permiten igualmente observar cómo en Birmania la junta militar golpista se apodera del poder y se quiere mantener allí por medio de la violencia y represión. 

Todos los problemas que acabamos de indicar tienen sus causas fuera del mundo occidental: se trata de Rusia, Irán y Birmania. Son los “otros” de Occidente. Se trata de una técnica dicotómica, evidentemente colonial, que permite a estos medios fundamentales occidentales no sólo crear estos problemas, sino valorarlos y juzgarlos. No se sabe muy bien dónde empiezan sus juicios de hecho y sus juicios de valor.

Evidentemente, Occidente como bloque político aparece como la solución de estos problemas del mundo y como el guardián de los valores tales como la democracia y el respeto a los acuerdos firmados. Esta manera tendenciosa de “problematizar” se vende muy bien, incluso entre los más pobres del mundo, por varias razones, entre ellas, las dos siguientes. Primero, se basa en una dicotomía clara y simple: se trata de los buenos contra los malos. Segundo: “nosotros” somos los buenos y nos vemos casi obligados a castigar a los “otros” malos para liberar a las víctimas oprimidas: por ello, se celebran las sanciones contra los “malos” e incluso se piden a los “buenos” puniciones más duras y severas. 

Evidentemente, en este mapa mundial de problemas que llama la atención y la tarea de los principales medios de comunicación hegemónicos, no cuentan mucho los problemas “insignificantes” de los países “insignificantes” a los que, además, se culpabilizan por sus propios problemas. 

El caso de Haití es sumamente elocuente de esta perversión dolorosa. Haití llamó seriamente la atención de estos medios, cuando los grupos delincuentes secuestraron a dos religiosos franceses, el pasado 11 de abril de 2021, mientras que el secuestro ya se había convertido (en medio de la indiferencia mundial) desde hace un par de años en el pan de cada día de una población que viene gritando: “Ya basta.” 

Además, la dictadura que se vive en Haití goza de la complicidad de la llamada “comunidad internacional”, liderada por Estados Unidos, Francia y Canadá, que hace la vista gorda y oídos sordos ante el caos en que el actual presidente de facto todopoderoso Jovenel Moïse (lo llaman en Haití en creole haitiano “Apredye”, es decir, el que cree que manda después de Dios) ha hundido a este país con sus locuras, tales como la redacción de una nueva Constitución. Ante el secuestro de estos dos religiosos franceses se culpabiliza no a la comunidad internacional por apoyar a un dictador, sino a este pueblo que supuestamente no tiene ni piedad ni compasión (se le llama “salvaje”), cuando este mismo pueblo ha sido él mismo secuestrado por un poder político ilegítimo, cuya única legitimidad y legalidad provienen del beneplácito de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización de los Estados Americanos (OEA) y los tres mencionados países líderes de la comunidad internacional en Haití.  Simplemente, el pueblo haitiano es considerado malo, secuestrador y salvaje por ser lo que es.

Otro ejemplo puede ser también la trágica situación que enfrentan los afroamericanos, víctimas del racismo estructural en Estados Unidos de América: los otros “George Floyd” que mueren abatidos por policías por el simple hecho de ser negros. Ser negro en Estados Unidos seguirá siendo considerado, por mucho tiempo (más allá de la administración del presidente Biden), como un crimen. 

¿Cuál es la causa de este problema? En ningún momento, se señala la facilidad con que se puede matar con total impunidad a un negro cualquiera (joven, viejo, niño, mujer) que, en este país, siempre ha sido considerado un potencial sospechoso y criminal por ser lo que es y sin ninguna razón más.  

Finalmente, otro ejemplo: sumado a lo anterior, el coronavirus sigue matando todos los días y cada día; pocos países como Inglaterra y Israel van saliendo de esta pandemia, mientras que el calvario del resto del mundo, en particular, de los países pobres, no hace sino empezar. 

Uno tiene la sensación de que la noticia, que importa a dichos medios, es el éxito de estos países ricos en su lucha contra el coronavirus y no tanto la necesidad de crear conciencia sobre la cooperación y solidaridad con los países llamados pobres y oprimidos (por ejemplo, la misma Palestina, vecina oprimida de Israel) para superar juntos como humanidad este virus.

La pregunta es si los mencionados medios hegemónicos son quienes fabrican los problemas que el mundo se ve cada vez más obligado a considerar como tales o si más bien ellos son fabricados por quienes fabrican dichos problemas y quieren imponer su agenda epistemológica y política: estamos pues en un círculo vicioso. Más que estigmatizar a medios de comunicación (que a propósito no nombramos), queremos llamar la atención sobre la necesidad de reflexionar sobre cómo gran parte de lo que vemos, juzgamos bueno o malo y consideramos como problemas ha sido fabricado; por lo tanto, debemos ser siempre vigilantes y críticos, cuestionando, preguntando y deconstruyendo. La apuesta debe ser también epistemológica, además de ser política.