Das reine Sein und das reine Nichts ist also dasselbe : Con esta frase de Hegel (en su Wissenschaft der Logik- Ciencia de la lógica), veo dos grandes movimientos de pensamiento que podemos y debemos hacer, más aún en este contexto de la Resolución de la Asamblea General de la ONU que califica la trata transatlática de esclavos y la esclavitud racializada de africanos como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia.
En primer lugar, es una frase a la que no se le ha dado toda su importancia y, para mí, ella (entre otras claves filosóficas) permite explicar por qué, sobre todo, cuando se le considera puro (das reine Sein), el Ser se convierte en un supuesto fundamento de todo, en particular, de la identidad. Sin embargo, el Ser puro no sólo no es nada, sino que es la pura Nada (das reine Nichts). De hecho, todos los sistemas de pensamiento o incluso “órdenes del mundo”, como el colonialismo, el racismo, se fundamentan en el Ser puro para definir, jerarquizar y clasificar "la" humanidad en superiores o en inferiores y en "seres humanos" o no, bajo el criterio de qué tan puro es tu ser, es decir, si te acercas o no (y qué tanto) a un supuesto ser puro: sin mezclas, sin manchas (ni de la sangre ni del territorio), sin contaminación. La aplicación de este criterio purista ha sido tan exagerada que la noción de “puro” se ha vuelto más importante que la de ser, a tal punto que dicho criterio termina definiendo quién tiene valor o no, quién debe seguir siendo o no; de allí las masacres, las matanzas, las limpiezas étnicas, etc. La noción de pureza tiene su origen en el Ser o, mejor dicho, en el Ser puro. Por lo tanto, es importante condenar la esclavitud, destruir el racismo, etc., pero también hay que deconstruir la noción de pureza que se ha mantenido en todas las expresiones identitarias tales como la nacionalidad, la ciudadanía y que se ha dedicado a construir muros físicos o simbólicos (identitarios, sociales, culturales, religiosos, etc.). De allí una observación pertinente: en el debate social, político, ético, “práctico”, la pregunta no debe ser quiénes son como nosotros (física, lingüística, cultural, biológicamente), quiénes se parecen a mí y a nosotros, quiénes vienen de la misma raíz que nosotros y, por lo tanto, quiénes pueden ser parte de nosotros y quiénes no, sino cómo se pueden convivir y enriquecer todos los devenires que ya se han mezclado, peleado, reconciliado, re-ensamblado, retejido, separado, diferenciado.
En segundo lugar, no hay pureza, nunca la hubo; tampoco hay un ser puro que estuviera en el fondo de la ciudadanía, la nacionalidad, nunca hubo tal ser. Quienes se dedicaron a inventar y aplicar el criterio de la pureza son los mismos que nos han hecho creer que pertenecemos o no a su Ser puro o que debemos inventar nuestra propia pureza (que siempre se considerará inferior o incluso subhumana o no-humana y se verá obligada a reivindicarse y a desgastarse, enfermarse, matarse). No queda pues sino aceptar que todos y todas hemos devenido muchas veces y con muchos otros, en contra de otros, sin algunos otros, a pesar de otros: se trata de un devenir plural, múltiple, hecho de devenires. Nada (ni siquiera la Nada) se ha quedado en singular: los pequeños países somos las nadas que dejamos claro que somos países como todos los países; los y las migrantes y las personas racializadas (por dar sólo dos ejemplos) somos las nadas que siempre recordamos y damos a entender que somos personas como todas las personas. Quizás el insistir en este testimonio de dignidad e inclusión sea parte de nuestra grandeza que convoca a no negar ninguna parte de las humanidades (del color que sea, del origen de donde provenga, etc.) y a trascender la estupidez de una supuesta pureza, de un supuesto ser puro, de un supuesto Nosotros homogéneo, grande, superior. No veo más futuro humano.





