El agua es asunto de poder.
Conviene decirlo así, sin rodeos, porque durante demasiado tiempo se ha querido presentar la crisis del agua como si fuera apenas un problema técnico, una dificultad administrativa o una fatalidad del clima. No. El agua es asunto de poder porque su disponibilidad, su calidad, su cantidad, su oportunidad y su distribución dependen de decisiones políticas, económicas, territoriales e institucionales. Dependen de quién decide, para quién decide, contra quién decide y a favor de qué intereses decide.
Por eso la ciudadanía aparece tantas veces amenazada, agredida y violentada. No solo por la lluvia extrema o por la sequía extrema, sino por una gestión inadecuada del agua y del territorio. Por la ocupación de cauces y humedales. Por la eliminación de manglares. Por la permisividad frente a la contaminación. Por la destrucción de riberas. Por las concesiones mineras en lugares impertinentes. Por el turismo depredador. Por la expansión urbana sin memoria hídrica. Por la extracción de agregados. Por la ausencia o precariedad de plantas de tratamiento. Por el desorden convertido en política de hecho. Por el negocio privado impuesto sobre la necesidad colectiva.
En las entregas anteriores hemos insistido en que el agua no tiene la culpa, en que gobernar en función del agua es una necesidad, en que no actuar sale infinitamente más caro y en que el agua es un componente esencial de la seguridad nacional. Pero faltaba cerrar el círculo: detrás de cada humedal secado, de cada cañada violentada, de cada ribera saqueada, de cada permiso absurdo, de cada relleno criminal y de cada contaminación tolerada, hay una lógica específica del poder.
Nada de eso ocurre por accidente.
Ocurre porque ciertos poderes económicos quieren convertir el territorio en mercancía. Ocurre porque ciertos poderes políticos necesitan servir a esos intereses para reproducirse. Ocurre porque los poderes fácticos, legales e ilegales, entienden muy bien que controlar el suelo, el agua, la concesión, el permiso, el silencio institucional y la narrativa pública es controlar la riqueza, el riesgo y la vida de los otros.
Y ocurre también porque el Estado, demasiadas veces, deja de ser garante del bien común y se convierte en cómplice de quienes degradan el agua en cantidad, calidad, disponibilidad y oportunidad.
Por eso el agua no es solo asunto ambiental. Es asunto de democracia. Es asunto de justicia social. Es asunto de soberanía. Es asunto de civilización.
Porque una sociedad justa no es aquella donde algunos pocos concentran el agua limpia, el paisaje bello, el suelo seguro, la sombra, la infraestructura y la protección, mientras a la mayoría se le distribuyen el lodo, la sequía, el riesgo, la contaminación y la factura del desastre. Esa es una de las marcas más brutales de nuestro tiempo: la injusta distribución de los bienes y la todavía peor distribución de los males. La riqueza se embalsa; el sufrimiento se desborda.
Los más ricos se hacen más ricos mercantilizando un bien común. Los más pobres se hacen más pobres pagando, con su salud, con su vivienda, con sus cosechas, con su tiempo, con sus pérdidas y con sus muertos, el costo real de esa mercantilización.
Por eso la ciudadanía no puede seguir limitada al lamento, al comentario indignado ni a la protesta episódica. Es necesario organizarse. Actuar. Reclamar. Interpelar. Vigilar. Proponer. Gestionar. Defender. Es necesario convertirse en contrapeso permanente y, más aún, en contrapoder real frente a los poderes que destruyen el agua y, al destruirla, comprometen la sobrevivencia misma de la sociedad.
No podremos decidir desde aquí los grandes motores globales del cambio climático. Ese desorden responde a un modelo económico planetario que nos ha sido impuesto y que nos excede. Pero sí podemos decidir, aquí y ahora, cómo manejamos el territorio para disminuir impactos, cómo reducimos daños, cómo ordenamos usos, cómo frenamos abusos, cómo distribuimos con justicia las cargas y los beneficios, cómo obligamos a las actividades productivas a operar con el menor daño posible, cómo protegemos las zonas productoras de agua y cómo construimos una sociedad que no se quede inerme mientras le subastan la sed.
Lo que necesitamos, entonces, es una trinchera de ternura y de rabia. Porque sin ternura la rabia es veneno, pero sin rabia la ternura es sumisión.
No hablo de una ternura blanda, decorativa o resignada. Hablo de una ternura armada de conciencia, organización, solidaridad, vigilancia, ciencia, memoria, ética y coraje. Hablo de la ternura de quienes saben que el sufrimiento del otro no es ajeno; de quienes entienden que la sed de otra familia compromete también la propia dignidad; de quienes comprenden que la defensa del agua es, en el fondo, una forma radical de defensa de la vida compartida.
La alteridad empieza ahí: en reconocer que nadie tiene derecho a beber tranquilo sobre la garganta reseca de los demás. Que nadie puede llamar progreso a un modelo que llena unas pocas cisternas privadas mientras vacía ríos, acuíferos, cañadas, lagunas y esperanzas colectivas. Que no hay patria verdadera si el bienestar de unos pocos se levanta sobre la intemperie hídrica de las mayorías.
No partimos de la nada. En cada barrio hay una mujer que cierra la llave que gotea, un muchacho que limpia la cañada, un anciano que recuerda dónde nacía el ojo de agua que ya no existe. Se trata de reconocerlos, articularlos, darles nombre y memoria.
Los niños no esperan. Preguntan por qué el río huele mal, por qué no pueden bañarse, por qué el agua llega un día sí y tres no. Escuchémoslos. Convirtámoslos en centinelas. Una escuela que enseña a leer una cuenca está formando ciudadanos que no aceptarán la sed como destino.
Por eso el último paso de esta serie no podía ser otro que la convocatoria a construir una gran red nacional de defensa social del agua.
Tú, que estás leyendo esto. Tú, que has visto el agua sucia, el caño seco, la factura que no deja de subir. Tú también eres esta red. No hace falta que seas experto ni líder. Basta con que decidas no mirar hacia otro lado.
Llamémosla, para que tenga nombre y cara: La Trinchera. Una red de redes. Sin dueños, sin siglas, sin más credencial que las ganas de que el agua no sea botín.
Esa red debe comenzar en la familia, en la cuadra, en la junta de vecinos, en la comunidad campesina, en las escuelas. Y desde ahí extenderse a los gremios, las cooperativas, las parroquias, los movimientos juveniles, las universidades, los sindicatos y toda forma organizada de ciudadanía.
No como suma dispersa de siglas cansadas, sino como tejido vivo. Como sistema de vigilancia, de propuesta, de formación, de denuncia, de movilización y de gestión. Como un país mirándose a sí mismo desde abajo para impedir que desde arriba le roben el agua, le sequen el futuro y le vendan como modernidad lo que en realidad es despojo.
Pero cuidado: también existe el poder social de mentira. El que se conforma con declaraciones. El que vive de la denuncia sin propuesta. El que firma convenios con el mismo gobierno que autoriza el desastre. No toda organización libera. Algunas domestican.
Y aquí viene lo más difícil: tampoco nosotros tenemos la verdad completa. No sabemos, honestamente, cómo resolver la tensión entre la urgencia del daño y la lentitud de la construcción colectiva. No sabemos si nuestros comités comunitarios resistirán la tentación del caudillismo. No sabemos si la ternura armada puede, en algún momento, lastimar a quien no lo merece. Por eso esta red tendrá que ser también un espacio de duda compartida. No de parálisis, sino de vigilancia amorosa sobre nosotros mismos: rendición de cuentas, rotación de vocerías y una regla de oro: nadie que reciba dinero del que contamina puede hablar en nombre del agua.
Diez tareas para construir poder social por el agua
Tarea cero: Identificar la amenaza más cercana a tu comunidad y organizar una acción pública de visibilización y defensa pacífica.
No necesitas hacerlo todo. Elige tu nivel:
✧ Alerta temprana: recibe y comparte información sobre amenazas al agua en tu zona.
✧ Vigilancia activa: dedica una hora a la semana a caminar tu cañada, tu ribera, tu naciente.
✧ Defensa territorial: forma parte de los comités, los observatorios, las brigadas.
De abajo arriba, desde tu tiempo posible, así se construye el contrapoder.
Primera: crear comités comunitarios del agua y del territorio en barrios, campos, municipios y regiones, con capacidad de vigilar amenazas, levantar información y activar alertas ciudadanas.
Segunda: impulsar redes locales y regionales que articulen juntas de vecinos, organizaciones campesinas, gremios, iglesias, escuelas, universidades y movimientos juveniles alrededor de agendas concretas de defensa hídrica.
Tercera: exigir que toda política de agua tenga como criterios obligatorios la calidad, la cantidad, la oportunidad, la justicia distributiva y el derecho del otro a vivir también con dignidad hídrica.
Cuarta: promover observatorios ciudadanos del agua que den seguimiento permanente a concesiones, permisos, proyectos urbanos, mineros, turísticos, energéticos y agroindustriales con impacto sobre cuencas, acuíferos, humedales y costas.
Quinta: formar brigadas comunitarias de vigilancia y educación para cañadas, riberas, humedales, nacientes, lagunas, playas y áreas verdes urbanas.
Sexta: convertir a escuelas, liceos, universidades y centros comunitarios en espacios de alfabetización ecológica, donde el agua sea enseñada como fundamento de la vida, de la economía, de la salud, de la justicia y de la patria real.
Séptima: reclamar presupuestos participativos y decisiones públicas vinculantes para obras de drenaje, saneamiento, reforestación, restauración de cuencas, plantas de tratamiento, gestión de residuos y protección de zonas altas productoras de agua.
Octava: crear pactos sociales municipales y regionales por el agua que obliguen a los actores públicos y privados a rendir cuentas y a reconocer límites ecológicos reales.
Novena: fortalecer la capacidad comunitaria de propuesta y de gestión, para que la ciudadanía no solo resista y denuncie, sino que también diseñe, administre y acompañe soluciones con base científica y legitimidad social.
Décima: construir una cultura nacional del agua como bien común, de modo que ningún poder económico, político o fáctico pueda volver a presentarse como dueño de aquello que pertenece a la vida de todos.
Eso significa que la ciudadanía debe dejar de ser vista como espectadora y pasar a asumirse como sujeto histórico. Significa entender que cada familia puede ahorrar, cuidar, enseñar y vigilar; que cada comunidad puede mapear sus riesgos y sus fuentes; que cada escuela puede enseñar a leer una cuenca; que cada gremio puede fiscalizar políticas; que cada universidad puede producir conocimiento útil y acompañamiento técnico; que cada barrio puede organizar brigadas; que cada municipio puede ser disputado también desde la inteligencia y la movilización social.
El agua exige, en suma, una ciudadanía más madura que la democracia de baja intensidad a la que quieren acostumbrarnos.
Donde el poder destruye, la sociedad tiene que aprender a defender. Donde el poder calla, la ciudadanía tiene que hablar. Donde el poder firma permisos contra la vida, la organización social tiene que responder con vigilancia, presión, propuesta y movilización. Donde el poder convierte el agua en mercancía, el pueblo tiene que recordar que el agua es un bien común y una condición de la existencia.
No se trata de romantizar la pobreza ni de transferirle a las víctimas responsabilidades que corresponden al Estado. Se trata de comprender que, sin organización social, el Estado seguirá capturado por intereses que lo usan contra el bien público. La defensa del agua no puede descansar solamente en funcionarios sensibles, técnicos honestos o episodios de indignación. Tiene que convertirse en músculo social permanente.
No se trata de amar el agua como se ama una postal. Se trata de defenderla como se defiende la casa cuando alguien quiere entrar a robarte el futuro.
Hace falta una ciudadanía que entienda que la cuenca no termina en mi patio; que el río no es mío, aunque pase cerca; que la montaña que produce el agua de mi ciudad pertenece también al campesino que la habita, al ave que la cruza, al niño que todavía no nace y al país entero. Hace falta una ciudadanía que se vuelva poder real.
Porque al final la gran pregunta no es solo si tendremos agua, sino quién decidirá sobre ella, para beneficio de quién y a costa de quién.
Y la respuesta no puede seguir quedando en manos de quienes han demostrado, una y otra vez, que son capaces de secar un humedal, mutilar una laguna, perforar una montaña, contaminar un río y después llamarle progreso a la ruina.
El tiempo de la pasividad ya se inundó.
Ahora toca organizar la esperanza.
Ahora toca volver la ternura una fuerza pública.
No vengan con excusas. No digan que es tarde, que falta dinero, que el problema es muy grande. La historia la escriben los que se organizan mientras otros calculan el costo. El agua no negocia con la indiferencia. O la defendemos juntos, o nos ahogaremos solos en nuestra propia desidia.
Antes de seguir leyendo, haz esto: escribe en un papel el nombre de la fuente de agua más cercana a tu casa (un río, una cañada, un pozo, un grifo comunitario). Luego pregúntate: ¿sé quién decide sobre ella? ¿sé si está amenazada? Si no lo sabes, ya tienes tu primera tarea: averiguarlo y contarlo a tres vecinos.
TRINCHERA POR EL AGUA
No hay patria en un vaso lleno a solas.
No la hay
en la llave blindada de la torre,
ni en la piscina azul que bosteza privilegios
mientras abajo
un barrio cuece su sed
como quien aprende a hervir resignación.
No la hay
en el permiso que alquila la mordida del humedal.
Ni en la retroexcavadora
que entra a la laguna
con su diente de alquiler.
Ni en la minera
que afina tenedores de hierro
en los riñones del monte.
Ni en el hotel
que mira al manglar
como si fuera una errata del paisaje
y sueña corregirlo con parqueos.
Ahí no hay patria.
Ahí hay caja fuerte.
Hay codicia peinada.
Hay corbatas rumiando la cuenca.
Hay poder bebiéndose el agua
por la boca de los otros.
La patria verdadera
se parece más a una tinaja compartida.
A la mujer que aparta dos cubos
para que la vecina no amanezca de arena.
A un muchacho que descubre
que la cañada no es basurero,
sino una vena del barrio
hablando con fiebre.
A un campesino que sabe
que tumbar el bosque de arriba
es dejarle sin sombra
la garganta a lo de abajo.
La alteridad empieza en la sed.
Empieza cuando comprendo
que la otra garganta también me sucede.
Que el niño de la orilla,
la anciana del callejón,
la escuela sin cisterna,
el conuco rajado por agosto,
la muchacha que carga latas en la cabeza,
no viven lejos de mí:
arden dentro
de la misma deuda.
Por eso nos prefieren solos.
Porque un pueblo aislado
termina bebiendo miedo.
Porque una comunidad dispersa
acaba administrando la sequía
como si fuera castigo del cielo
y no reparto criminal del daño.
Pero hay otra forma.
Hay que volver la ternura
un músculo del barrio.
Una mesa larga.
Una asamblea.
Un mapa de cuenca dibujado entre vecinos.
Una vigilia frente al permiso infame.
Una libreta donde el agua
aprenda a nombrar a sus verdugos.
Una escuela donde se enseñe
que el río empieza antes del grifo
y continúa después de la conciencia.
Hay que hacer de cada iglesia
un campanario de agua.
De cada club,
una guardia del humedal.
De cada gremio,
una espina en el discurso del saqueo.
De cada familia,
una célula de cuidado.
De cada comunidad,
un párpado sin sueño
contra la impunidad.
No hablo de ternura arrodillada.
Hablo de una ternura armada
de memoria,
de ciencia,
de barrio,
de lodo conocido,
de nombres propios,
de rabia limpia,
de amor que no se deja expulsar del cauce.
Hablo de la mano que acompaña
y del puño que señala.
De la olla común
y del informe técnico.
Del abrazo al herido
y de la marcha que interrumpe.
De la madre que cuida
y de la multitud que decide
no aceptar la sed
como si fuera destino.
Porque la sed también es una violencia.
La inundación también es una violencia
cuando el poder tapió
el alivio del agua.
La contaminación también es una violencia
cuando el dinero dispone
que el veneno viaje río abajo
hacia la mesa ajena.
Que nadie venga a pedirnos calma
si lo que buscan es silencio.
Que nadie nos pida prudencia
si prudencia significa
mirar hacia otro lado
mientras privatizan la lluvia
y le ponen precio
a la respiración de la tierra.
Vamos a organizarnos.
En la cuadra.
En la loma.
En la escuela.
En la parroquia.
En el sindicato.
En la universidad.
En la junta de vecinos.
En el club.
En el conuco.
En la costa.
En la ciudad.
En cada sitio donde todavía quede
una gota
dispuesta a defender su nombre.
Vamos a organizarnos
para que el agua llegue
con justicia,
con cantidad,
con calidad,
con oportunidad.
Para que nadie tenga derecho
a beber riqueza
fabricando pobreza
en la sed ajena.
Y si preguntan qué levantamos,
respondamos sin temblor:
levantamos una trinchera de ternura y de rabia.
No para odiar.
Para cerrarle el paso a la ruina.
Para que el otro
no sea un estorbo,
sino el motivo.
Para que el agua
no sea botín.
Para que nadie vuelva a enriquecerse
secándonos la patria.
Levantamos una trinchera
donde el barrio recuerde
que la lluvia no tiene dueño,
que la cañada guarda archivo,
que el humedal respira por el país,
que el manglar también defiende la casa,
que el agua de mañana
ya tiembla
en nuestras manos de ahora.
Levantamos una trinchera
para que la ternura se vuelva fuerza pública,
para que la rabia no se pudra en veneno,
para que la vida tenga
quien la mire de frente,
quien la nombre sin venderla,
quien la cuide sin arrodillarse,
quien la defienda
como se defiende
la última lámpara encendida
en medio del ciclón.
Luis Carvajal
P. D. Antes de cerrar este texto, pregúntate: ¿qué pasará en mi barrio, en mi campo, en mi ciudad si no hago nada? Esa respuesta ya es el comienzo de tu trinchera.





