Después de una pausa prolongada procurando atenuar los fantasmas de mi cerebro, intentaba desconectarme de la rutina diaria y, en el entremés de los actos de mi vida, me invadió una revuelta de añoranzas y de pensamientos abstractos sobre la edad y la vejez.
Pasaba por mi mente una y otra vez los resultados del estudio efectuado por la Universidad de Stanford, publicado en la revista científica “Nature Medicine”, el cual tras analizar el plasma de personas con edades comprendidas entre 18 a 95 años de edad, se pudo determinar que los primeros signos de deterioro físico/molecular se producen a partir de los 34 años, estableciendo que ahí termina la juventud biológica e inicia la edad adulta, por lo tanto, comenzamos a envejecer.
Visto que en estos tiempos cada vez más existe una lucha contra el reloj, un afán desmedido de vernos y sentirnos eternamente joven, donde la palabra “viejo” ha sido exterminada de nuestro vocabulario y envuelto en varios eufemismos que los identifican y los encasillan como “adultos mayores”, “edad adulta”, “adultez media”, entre otros, nadie quiere parecer ni sentirse una persona de edad, y mucho menos aceptar que nos digan viejo, o peor aún, hoy decirle “vieja” a una dama, es un sacrilegio.
A medida que la cotidianidad nos va embargando nuestra existencia, el trajinar del diario vivir nos hace atravesar desapercibo el paso de los años, empezamos a sentir las facturas del tiempo en nuestro cuerpo y en nuestras capacidades, sin proponérnoslo, vamos dando un giro drástico a nuestra visión de ver el mundo, nos modera el pensamiento, nos cambia nuestra manera de actuar y nos hace poner el freno a la consecución de ciertas utopías que se han afectado con el paso de los años.
Aquellos encuentros donde se desnudaban los grandes planes y la palabra futuro siempre estaba conjugada en presente van quedando en el olvido; las discusiones sobre virilidad, fiestas, trasnochos, se van transformando en rutinas de valoración a los aporte de la ciencia, específicamente, a nuestra cotización en la bolsa de valores de las empresas de la cuales somos accionistas sin habérnoslo propuesto: los fármacos, los centros de salud y los médicos, que son los que se han adueñados de nuestra agenta cotidiana, pues ya formamos parte de la misma sin haber participado en la asamblea constitutiva de socios, la cual nos recuerda insistentemente que estamos envejeciendo.
Empezamos a extrañar más a las personas que están arraigadas en el subconsciente de nuestro desarrollo, aquellas que fueron parte de nuestra influencia social y forjaron nuestros océanos de afectos, vemos como los mismos se empiezan a extinguir y como nos vamos sintiendo más vulnerables y más sensibles. Empezamos a percibir que tenemos más años vividos que años que nos quedan por vivir y, descubrimos que nuestros encuentros y reuniones en los funerales se hacen más frecuentes que los convites sociales. Los años nos han transformando en personas más sensibles y más apegadas a los sentimientos y hemos aprendido a valorar más las cosas sencillas.
De repente vemos que los grandes planes hay que transformarlo, tenemos que dejar el futuro a nuestros hijos e hijas y empezar a vivir nuestro presente, nos hacemos habituales y cómplice del diarismo y somos unos fanáticos empedernidos de la inmediatez, nos aferramos cada vez mas a lo nuestros, empezamos a aquilatar cada día con más fuerza a nuestras familias, nuestros amigas y amigos y a aférranos sin piedad a lo vivido.
Es que, en este trance que nos sucede cuando sentimos que se nos aniquila la juventud y nos encontró entrampado en el afán de cumplir las expectativas de la vida, ya carentes de energía y fuerza, sin percibirlo y sin proponérnoslo, nos ha transformando en personas más reflexivas que nos has hecho valorar más en su justa dimensión las cosas que considerábamos pequeñas e insignificantes y que solo la madurez de este trance nos ha permitido ver el gran imperio que hemos construido, nuestra familia.
Adoro esta etapa de serenidad nocturna que desvela mis madrugadas, con ganas de seguir haciendo grandes cosas, producir grandes cambios, pero consiente de que ya esa responsabilidad es del relevo, pues me aferro cada vez mas a mi familia, a mis amigos, a mis seres queridos, a la realización de los tóxicos positivos, a celebrar y vivir la vida sin pensar tanto en el futuro, sin ser fatalista ni vivir de espalda a la realidad del mundo. Amo más ahora, las cosas pequeñas, pues los años me han convertido sin darme cuenta en un viejo preso de los afectos.





