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Opinión | Por Gisell Rubiera Vargas, M.A.

La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), organismo internacional de carácter intergubernamental, realiza investigaciones y evaluaciones que sirven como referencia para comprender los desafíos que enfrentan las sociedades y para orientar políticas públicas en áreas fundamentales para su desarrollo.

Entre los temas que aborda se encuentran la economía, las finanzas, la innovación, la gobernanza, el medioambiente y, de manera muy especial, la educación.

Y es que la educación no constituye únicamente una herramienta para acceder a mejores oportunidades laborales. Es uno de los pilares sobre los cuales se construyen el desarrollo económico, la participación ciudadana y la convivencia de una sociedad.

Cada tres años, mediante el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA), se evalúa a jóvenes de 15 años para conocer hasta qué punto pueden utilizar sus conocimientos y competencias para enfrentar situaciones de la vida real.

República Dominicana ha participado en varias de estas evaluaciones y sus resultados continúan mostrando importantes desafíos, particularmente en matemáticas, ciencias y comprensión lectora.

Las dificultades en matemáticas y ciencias son preocupantes porque limitan la capacidad de comprender fenómenos, resolver problemas, interpretar datos y tomar decisiones fundamentadas. Una sociedad que no desarrolla suficientemente el pensamiento científico queda más expuesta a la desinformación, a decisiones poco fundamentadas y a la dependencia del conocimiento producido por otros.

Pero existe otro problema que merece una atención especial: la comprensión lectora.

Porque saber leer no significa necesariamente comprender.

Comprender un texto implica identificar información, relacionarla, interpretar aquello que no está dicho de manera explícita, reconocer la intención de quien comunica, distinguir hechos de opiniones, evaluar argumentos y utilizar la información para desenvolverse en situaciones reales.

Por eso, cuando una persona tiene dificultades para comprender lo que lee, el problema no necesariamente termina cuando cierra un libro.

Puede trasladarse a la manera en que interpreta una noticia, escucha una conversación, recibe una instrucción, comprende un documento, interpreta una estadística o procesa un mensaje que circula por las redes sociales.

Y aquí aparece una dimensión del problema que pocas veces discutimos.

Una sociedad con dificultades de comprensión también puede convertirse en una sociedad con dificultades para comunicarse.

Cuando no comprendemos adecuadamente lo que otro expresa, podemos atribuirle intenciones que no tiene, confundir una opinión con un hecho, interpretar como ataque una diferencia de criterio o reaccionar frente a una información sin haberla entendido completamente.

La consecuencia puede ser mucho más profunda de lo que aparenta.

Los problemas de comprensión pueden alimentar malentendidos, conflictos innecesarios, juicios apresurados y discusiones construidas sobre interpretaciones equivocadas.

En otras palabras: la comprensión lectora también tiene una dimensión social.

Una ciudadanía que comprende mejor puede preguntar mejor, argumentar mejor, escuchar mejor y tomar decisiones con mayor criterio.

Y esto adquiere todavía más importancia en una época en la que buena parte de la información que recibimos llega a través de teléfonos celulares, redes sociales, aplicaciones de mensajería y herramientas de inteligencia artificial.

Vivimos rodeados de información, pero tener acceso a ella no significa necesariamente comprenderla.

Por el contrario, la velocidad con la que consumimos contenidos puede favorecer una cultura de reacción inmediata: leer un titular, asumir una conclusión, compartir, comentar y responder antes de verificar o siquiera terminar de comprender.

El problema ya no es únicamente cuánto leemos.

Es cómo comprendemos aquello que leemos y cómo utilizamos esa comprensión para relacionarnos con los demás y con nuestro entorno.

Una persona puede estar permanentemente conectada y, al mismo tiempo, tener dificultades para interpretar críticamente la información que recibe.

Puede leer cientos de mensajes al día y no necesariamente desarrollar la capacidad de analizar un argumento.

Puede consumir enormes cantidades de contenido y continuar siendo vulnerable a la manipulación, la desinformación o las interpretaciones equivocadas.

Por eso, hablar de comprensión lectora es hablar también de ciudadanía.

Una democracia necesita ciudadanos capaces de comprender leyes, propuestas, noticias, datos, discursos y argumentos; pero también capaces de cuestionarlos, contrastarlos y formarse una opinión propia, y comprenderse entre sí.

Aquí encontramos una dimensión todavía más humana del problema: la convivencia.

No toda diferencia nace de una mala intención. Algunas nacen de una mala interpretación.

No todo desacuerdo es una agresión. No toda crítica es un ataque. No toda información que confirma lo que pensamos es verdadera.

Aprender a comprender también implica aprender a detenerse antes de reaccionar.

Implica preguntarnos: ¿qué quiso decir realmente?, ¿qué evidencia existe?, ¿estoy interpretando o estoy suponiendo?, ¿estoy leyendo los hechos o solamente aquello que quiero encontrar en ellos?

La comprensión lectora, entonces, deja de ser únicamente una competencia evaluada en una prueba internacional.

Se convierte en una herramienta para la vida.

Por eso, los resultados educativos de nuestro país deberían provocarnos mucho más que preocupación por las posiciones obtenidas en una evaluación.

Deberían llevarnos a preguntarnos qué tipo de ciudadanos estamos formando y qué tipo de sociedad estamos construyendo.

Porque el subdesarrollo no es solamente una condición económica.

También puede manifestarse en nuestra capacidad —o incapacidad— para comprender, cuestionar, dialogar y tomar decisiones.

Una sociedad que no comprende lo que lee corre el riesgo de interpretar mal lo que escucha, creer lo que no ha verificado y reaccionar frente a lo que nunca llegó a comprender.

Y ese ya no es solamente un problema educativo.

Es un problema social.