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Opinión | Por Riamny Méndez Féliz

Justificar la discriminación de cualquier comunidad es afilar cuchillo contra la propia garganta, pero apoyar la marginación del propio grupo es dispararse en el corazón, tan fuerte como lo hicieron los latinos nacionalizados estadounidenses que votaron por el actual presidente

Una comunicadora dijo en un programa de gran audiencia en las redes sociales que las mujeres recién paridas no necesitan tres meses de licencia médica para recuperarse y estar con su bebé. Un locutor negro justificó, entre risas, que los dominicanos sean peor tratados que los extranjeros en algunos hoteles todo incluido, ubicados en estratégicas playas del Este del país, cuando un radioescucha manifestó su molestia por cierto incidente en un resort. Y una presentadora, también negra (o mestiza, quizás), afirmó que una plaza tendría que llamarse “chopo mall” porque gente de barrios populares y no blanca la visita.

Los tres son dominicanos y ninguno pertenece a la élite. Tienen audiencias relativamente importantes en plataformas digitales y sus mensajes no solo llegan al público nacional, también a otros hispanohablantes. Contribuyen así a reforzar los discursos antiderechos que ponen en riesgo a gente como ellos, a gente como nosotros y nosotras, no importa si somos ciudadanos o inmigrantes del país en el que vivimos. Por más segura que parezca nuestra posición, estamos en riesgo de ser violentados.

En este momento histórico, cuando Donald Trump, presidente de la primera potencia mundial promueve abiertamente el racismo, amenaza con invadir de forma unilateral (y de hecho invade) a países que se oponen a sus políticas e irrespeta las tierras ancestrales de pueblos como los inuit de Groenlandia,  justificar la discriminación de cualquier comunidad es afilar cuchillo contra la propia garganta. Pero apoyar la marginación del propio grupo es dispararse en el corazón, tan fuerte como lo hicieron los latinos nacionalizados estadounidenses que votaron por el actual presidente y ahora también sufren la ola de xenofobia, racismo y antiinmigración. En tiempos de negación de derechos, el color de la piel, la clase o el origen nacional pueden tener, en la práctica, más peso que un pasaporte, una cédula o cualquier otro documento legal.

Nos guste o no, la mayoría de los dominicanos y sobre todo de las dominicanas, en el país o en el extranjero, estamos más cerca de sufrir la violencia que enfrentan las migrantes haitianas en nuestros hospitales que de la gente que se supone debe visitar plazas, restaurantes y hoteles exclusivos.

Basta con una crisis económica nacional o internacional para que la vida nos cambie o enseñe nuestro refajo. Si no lo creen, pregunten a sus padres o abuelos por las crisis económicas y las migraciones de las décadas de 1980 y 1990, cuando destacados periodistas, médicos o cantantes terminaron con trabajos en factorías estadounidenses durante un buen tiempo o por el resto de su vida laboral; y pequeños y medianos empresarios considerados de clase media en la República Dominicana no volvieron a recuperar del todo su viejo estatus. Ambos grupos enfrentaron la discriminación y las limitaciones que ahora sufren grupos empobrecidos.

Así que en vez de propagar discursos racistas, clasistas o xenófobos, en pleno auge de la ultraderecha mundial, que alaba dictadores;  y con Estados Unidos y China enfrentados por recursos naturales que no están en sus territorios para desarrollar nuevas tecnologías, lo que pone en riesgo a los pueblos con menos poder,  deberíamos construir  redes de protección de los derechos humanos y organización comunitaria que nos sostengan si nuestros propios estados nos dan la espalda.

Ejemplos no faltan. Ya tejen redes boricuas y dominicanos que ahora enfrentan las políticas antiinmigrantes en Puerto Rico, o grupos de pueblos originarios, afroamericanos, latinos y blancos de clase trabajadora y de clase media que se unen para luchar contra el autoritarismo y la violencia en auge en los Estados Unidos.

Los discursos antiderechos en boca de las posibles víctimas de discriminación

Las ciencias sociales y humanas han estudiado desde hace muchos años cómo los discursos dominantes que atentan contra la vida, la dignidad o incluso la propia sobrevivencia de los grupos no hegemónicos, son reproducidos por personas oprimidas o que se encuentran en riesgo de ser discriminadas.

Desde Paulo Freire, con su obra Pedagogía del oprimido, publicada y discutida en la década de 1960, hasta las reflexiones que han hecho en este siglo las feministas decoloniales como la dominicana Ochy Curiel, y  escritores contemporáneos como Rafael Ton, quien describe el Síndrome de Doña Florinda, pensadores y pensadoras han explicado que no solo se colonizan territorios y cuerpos, también mentalidades.

A veces, no mirar la realidad con toda su rudeza y el lugar que ocupamos en ella es una estrategia de sobrevivencia. Para construir redes necesitamos confrontar ese pensamiento y a la vez tener empatía cuando aparece y, a menos que existan acciones realmente graves, no cortar vínculos y apostar a la solidaridad.

Quizás estas contradicciones ayuden a comprender las razones que llevan a una mujer sureña que ejerce una carrera con alta exposición pública a abogar por la eliminación de los derechos de las madres trabajadoras que costaron grandes esfuerzos y debates nacionales y alianzas con grupos de trabajadores y organizaciones feministas a nivel internacional, en un momento en el que los ultraconservadores nos quieren a todas calladitas y con miedo, en nuestras casas, mientras se quejan de la baja natalidad.

A ella la guía la misma falta de visión que lleva a un hombre negro, dominicano y con orígenes en la clase trabajadora, a justificar un posible acto de discriminación a nuestra propia gente en hoteles ubicados en nuestras playas. A fin de cuentas, él también está en riesgo de ser discriminado.  En determinadas circunstancias, no lo salvará ni el dinero ni la relativa fama.

Un plato con comida de más en una mesa tiene, posiblemente, más consecuencias para él, un dominicano negro, que la borrachera, con destrozos al hotel incluidos, de un hombre blanco extranjero. Ante ciertos desmanes de los turistas blancos, hay silencio, contención y protección al cliente. Cualquier empleado del sector turismo lo puede confirmar. Para los dominicanos hay exposición y un discurso de vergüenza pública que tristemente se refuerza en los medios nacionales.

Y silencio hay también frente a peores crímenes, como la explotación o el acoso de mujeres dominicanas, haitianas y de otras nacionalidades que trabajan en distintos servicios de la industria turística, como se ha documentado al menos desde 2017.  ElDiario.es ha publicado una seria denuncia de agresiones sexuales a mujeres trabajadoras contra el cantante Julio Iglesias. Las agresiones habrían ocurrido en 2021 en el país y en Bahamas.  Así que mal comportamiento (y gravísimos delitos) hay en todos los grupos humanos.

Quienes hoy apoyan la discriminación racial en plazas y hoteles, o a los ultraconservadores que quieren eliminar derechos de las madres trabajadoras, pueden necesitar mañana de la fortaleza y la unión de los grupos defensores de derechos humanos dominicanos y caribeños. Ellos, nosotros y tú que te sientes al margen de todos, tú también estás en riesgo y necesitas redes de apoyo, redes con claridad ética y política para sobrevivir a este momento. Lo grave es que todavía no lo comprendes.

 Canoa Púrpura es la Columna de Libertarias, espacio sobre mujeres, derechos, feminismos y Nuevas Masculinidades que se transmite en La República Radio, por La Nota.