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Opinión | Doctor Nelson Figueroa Rodríguez/abogado y consultor internacional

Desde la antigüedad, siempre ha existido entre los seres humanos una batalla férrea por el deseo de acumular riquezas y poder, en estos tiempos convulsos, la lucha se ha vuelto más tenaz cual, si esto fuere, un salvoconducto para garantizar que nuestro paso por este plano existencial sea infinito, obviando, cuan impredecible suele ser la vida misma.

Existen miles de irónicas historias que caricaturizan esta obstinación de la especie humana, hechos que nos dejan  marcados a través del tiempo, tal cual , me ocurrió en mis primeros años que estuve  dedicado a la docencia, cuando un desenlace funesto y trágico me sirvió de reflexión perenne, poniéndome de manifiesto lo frágil que somos, cuan efímera es nuestra presencia y sobre todo, repensar, el valor bajo ciertas circunstancias del dinero y el poder, cuestionar el valor del mismo, y la función que desempeña antes la posibilidad de que todo por lo que hemos luchado se puede difuminar.

Desde entonces,  nunca ha dejado de retumbar en mi memoria aquella mañana cuando fui llamado por la dirección del colegio donde laboraba, allí ,  se me comunicó una infausta noticia y, por demás,  me comisionaban para asistir en representación del centro educativo a las honras fúnebre de una alumna distinguida,  de no más de dieciséis años, así como,  dar el pésame  a unos padres presentes, entusiastas,  que siempre apoyaban al colegio y con los cuales me tropezaba cada mañana a su llegada acompañando  a su hija en su arribo al centro de enseñanza.

La razón de su fallecimiento nunca me intereso, me quedé aturdido por el oleaje de especulaciones, surfeadas en fabulas infundadas y otras malintencionadas que solo querían pescar el odio, aprovechando la marea baja. Lo que no puedo olvidar, es aquella escena de aquel alto militar, su padre, enchapado su uniforme en condecoraciones que solo les servían para lustrar sus lágrimas y, de aquellos zapatos de charol impecable que en cada paso pisoteaba el dolor y en cada zancada simulaba el olvido.

De allí salimos entres flanqueadores policiales que en cada tramo del trayecto escoltaban el silencio, aquel camino parecía interminable, como si todos queríamos que fuere infinito, pero al final de la jornada,  estábamos todos y todas en frente del cuerpo yerto, mientras su padre, el general,  se aferraba a la disciplina militar y,  hasta el último momento velaba para que se cumpliesen  todos los detalles, mientras su pecho servía de aliciente para su atribulada esposa,  la cual, es su lujosa cartera Dior arrinconaba la aflicción y simulaba las penas a la sombra de sus gafas Cartier , a todos y todas se le permitía el dolor , menos a su padre, que proyectaba poder y estirpe de acero.

El sonido seco y bullicioso de un martillo irrumpía la parsimonia e indicaba que era tiempo de la despedida final, de pronto el silencio sepulcral se apodero del campo santo, las lagrimas de dolor humedecieron  aquella tarde, cuando un estruendoso grito desveló  el mutismo de los muertos y todos y todas volcamos la mirada buscando de donde había salido ese clamor, la sorpresa se apodero del  conglomerado al percatarnos que los sollozos de dolor habían desplomado al general, el hecho de ver ingresar el cuerpo de su pequeña a esa fría bóveda,  fue demasiado para el rango, la realidad superó su donde mando y derrumbo su batallón.

Desde aquella escena he tratado de comprender aquel episodio y de asimilar como era posible que días antes la sonrisa de esa niña, irradiaba mi entrada al aula, con un  buenos días profesor, y que horas después asistía a su despedía de este plano existencial, me pregunte una y cientos de veces, que no habría dado el general por tener a su hija presente y prolongarle su existencia, a la vez que me cuestionaba, ¿de qué les valió la opulencia y el poder? , simplemente comprendí  que hay momentos de la vida en que su valor es  algo menos que insignificante.

Este episodio me sirvió para poner un alto en mi afán  por el cumulo de riqueza y la búsqueda insaciable por acumular poder, el cual,  no es malo tener esa ambición, solo que comprendí  que en el puente que enlaza la vida con el destino, hay designios que nos dejan claro que las grandes cosas no se compran ni se detienen con el dinero, que existen hechos que el  poder  no lo puede controlar, es necesario subsistir acumulando vivencias y recuerdos, con el poder  solo para servirle a los demás,  vivir en paz consigo mismos, consciente que la vida se nos puede acabar en un instante.