Cada mañana, en miles de aulas del país, se repite una escena silenciosa que dice más sobre el futuro nacional que cualquier discurso económico.
Niños que leen sin comprender, adolescentes que memorizan fórmulas que no saben aplicar y jóvenes que terminan la escuela sin las herramientas básicas para insertarse en un empleo formal. Y así un largo etcétera. Mientras tanto, las autoridades celebran las estadísticas del crecimiento económico. Esa contradicción resume el gran dilema dominicano: crecer no es lo mismo que desarrollarse.
En la entrega anterior hablamos de la reforma fiscal como base para financiar la sostenibilidad del crecimiento económico y el desarrollo social bajo un Estado moderno. Pero también están pendientes transformaciones urgentes: el sistema de salud, el mercado eléctrico, la institucionalidad pública, la seguridad ciudadana y la modernización del mercado laboral. Sin embargo, sin una verdadera y profunda revolución educativa, ninguna de esas reformas dará frutos duraderos.
El desafío ya no es cuántos niños están en la escuela, sino cuánto están aprendiendo realmente. Basta mirar los resultados de evaluaciones nacionales: una parte significativa de los estudiantes no alcanza niveles básicos de lectura o matemáticas. Esto no es un dato técnico; es una sentencia social. Un joven que no comprende lo que lee difícilmente podrá capacitarse en tecnología, manejar maquinaria moderna o emprender con éxito. Cada brecha de aprendizaje de hoy es una brecha de ingreso mañana.
Encarar este problema exige más inversión, pero sobre todo inversión mejor dirigida. No es lo mismo construir aulas donde ya existen condiciones aceptables que invertir en escuelas rurales sin bibliotecas, sin conectividad y con alta rotación docente. Tampoco es igual distribuir recursos de forma uniforme que concentrarlos en la educación inicial y primaria, donde se forman las habilidades que determinan todo el trayecto educativo. Los estudios son claros: cada peso invertido en los primeros años rinde más que el mismo peso gastado tarde, cuando las deficiencias ya están arraigadas.
Ningún edificio educa por sí solo: el factor decisivo está frente al pizarrón. Países que transformaron su educación —como España o Portugal— lo hicieron elevando de manera drástica la calidad y el prestigio de la carrera docente. En la República Dominicana, dignificar al maestro implica seleccionar mejor, formar con rigor universitario, evaluar con acompañamiento y ofrecer incentivos para que los mejores quieran enseñar, especialmente en las comunidades más vulnerables. No se trata de confrontar al docente, sino de convertirlo en el protagonista de la transformación.
La actualización del currículo es igualmente urgente. El nuevo mercado laboral demanda técnicos en automatización, especialistas en logística, programadores, operadores de maquinaria avanzada y personal de salud calificado. Sin embargo, el sistema educativo aún arrastra programas sobrecargados de teoría y débiles en habilidades prácticas y digitales. Reforzar lectura, matemáticas, ciencias y pensamiento crítico no es un lujo académico: es la base para que un joven pueda adaptarse a los nuevos empleos.
Un ejemplo tan potente como preocupante ilustra esto con claridad. La República Dominicana es hoy la potencia turística del Caribe insular; recibe millones de visitantes cada año y compite en un mercado global donde la experiencia del cliente lo es todo. Sin embargo, hoteles, restaurantes y operadores turísticos señalan con frecuencia la dificultad para encontrar personal con dominio de idiomas, competencias digitales básicas, habilidades de servicio al cliente y formación técnica especializada. El país atrae turistas acostumbrados a estándares internacionales, pero no siempre logra ofrecer el nivel de profesionalización que ese visitante espera. Esa brecha no es solo un problema empresarial: es una señal clara de que el sistema educativo no está alineado con uno de los motores principales de la economía nacional.
La expansión de institutos técnicos modernos, vinculados a sectores productivos estratégicos como el turismo, la logística o la industria, y el impulso de modelos de formación dual —mitad aula, mitad empresa— pueden convertirse en uno de los motores más rápidos para elevar ingresos y reducir la informalidad. Cuando educación y aparato productivo caminan por separado, el país pierde competitividad; cuando avanzan juntos, se multiplica el desarrollo.
Nada de esto funcionará sin una gestión más inteligente. Menos burocracia en oficinas centrales y más apoyo pedagógico en las aulas debe ser la regla.
La dimensión social de esta reforma es igual de decisiva. Cuando un niño llega a la escuela sin haber desayunado o con retrasos acumulados desde la primera infancia, compite en desventaja desde el primer día. Programas de nutrición, atención temprana y jornada extendida bien gestionada no son gastos asistenciales: son inversiones productivas. Cada estudiante que supera la pobreza educativa reduce la probabilidad de pobreza económica en el futuro.
La reforma educativa no produce titulares espectaculares ni resultados en un cuatrienio. Requiere continuidad, acuerdos políticos amplios y una visión de país que mire más allá de las próximas elecciones. Pero es, con diferencia, la política pública que más transforma destinos individuales y colectivos. Sin capital humano sólido, la reforma fiscal no generará productividad, la diversificación económica no tendrá talento que la sostenga y la modernización institucional será frágil.
En el próximo capítulo abordaré la reforma del mercado eléctrico, porque no se puede estudiar ni aprender en medio de apagones frecuentes. Garantizar energía confiable no es solo una cuestión de infraestructura: es una condición básica para que la educación y el desarrollo económico puedan florecer.





