La violencia, conflictos, delincuencia, embarazo en adolescentes, abandono infantil, y otras anomias que afectan hoy día la sociedad, tienen un factor raíz: Los individuos que ejecutan estas acciones proceden del círculo que solía definirse como “la principal célula de la sociedad.”, (La familia).
Hace apenas décadas atrás que, la estructura familiar era considerada como el referente o modelo a seguir de su descendencia, donde sus miembros eran educados bajo normas y principios comunes, compatibles con la convivencia social, y donde era evidente (a pesar de las altas tasas de natalidad), la preocupación de padres y/o madres, en que sus hijos tuviesen futuro promisorio.
Hoy día la realidad familiar es distinta. Vivimos un sistema de producción y social cada vez más demandante, exigente y competente, que demanda dar más, más y más. Más presencia, más tiempo, más preparación académica, asistir a eventos institucionales, cumplimiento de horarios restrictivos, y todo ello tiene un precio: Tiempo de nuestra familia y nuestros hijos.
La carga social más la imposibilidad de algunos padres/madres de asumir esta etapa de manera responsable y renunciar a ciertas expectativas sociales, ha desencadenado en el debilitamiento del orden social, deterioro de la convivencia ciudadana y desorientación normativa, evidentes en cada hecho delictivo o conflicto que al final, nos afecta a todos.
El fenómeno de padre/madre ausente, sea por presiones laborales externas, realidades económicas complejas o simplemente, por el ausentismo emocional., donde la crianza de los hijos es delegada a extraños o parientes que no necesariamente comparte los mismos valores o criterios de crianza, padres/madres con poca energía y ánimo para dedicar tiempo a sus hijos o copados de situaciones, que apenas alcanzan a estar presentes emocionalmente para sus hijos/as.
La presión colocada sobre el hombro familiar es mucha.
Si bien es cierto que, avances sociales como la emancipación de la mujer, han sido elementos positivos, pues, han facilitado el acceso de estas a derechos sociales, humanamente adquiridos, sin embargo, a pesar de que nos encontramos ante un momento en que la coparentalidad se ejerce con mayor equidad, se han desvirtuado ciertas misiones y propósitos y la familia ha sido la principal afectada.
Es por ello, que, antes de tratar de buscar culpables, señalar o proponer soluciones “paliativas”, es fundamental que se trabaje el problema de raíz y que los esfuerzos se concentren en recuperar el papel de la familia en la construcción de ciudadanos moralmente responsable y comprometidos con su bienestar, el de su comunidad y la sociedad en general, más allá del individualismo.
Acciones focales como el desarrollo de políticas de conciliación trabajo-familia, fortalecimiento de competencias parentales, educación para la responsabilidad familiar, servicios de apoyo a las familias, protección económica de las familias, sobre todo cuando hay hijos de por medio y otros más, quizás no cambien el panorama de un momento a otro, pero sin serviría para ir sentando las bases de una mejor sociedad a futuro, ya que, sin familia, no hay sociedad posible.
Todo lo planteado es posible. Esta en nosotros la conciencia de reconocerlo y exigirlo.







