Mi primer encuentro con un ciclón fue en 1979. Casi finalizaba el mes de agosto cuando se alertó del inminente impacto sobre el país de un fuerte huracán categoría 4. Esta categorización depende de la velocidad de sus vientos. Si se desplaza de 119 a 153 kilómetros por hora es categoría 1, mientras que la categoría 5 es cuando se mueve a más de 250 kilómetros por hora.
Recuerdo que mi abuela materna se quedó en la casa de mis padres por motivos de seguridad, e iba de un lugar a otro de la casa en un estado de evidente nerviosismo -mientras se esperaba la llegada del huracán que había sido designado con el nombre bíblico de David-, clamando misericordia y pidiendo el desvío del fenómeno.
Llovía a cántaros y las ramas de un enorme árbol de jabilla que estaba en el centro del patio, junto a otros dos de coco y otro de caoba se mecían fuertemente. Le pregunté por qué estaba tan asustada, y entonces me habló de sus recuerdos del ciclón San Zenón, que destruyó gran parte del país en 1930, cuando apenas iniciaba lo que sería la larga tiranía trujillista, y me reprochó que yo no estuviera orando junto a ella. Entonces no tenía memoria de lo destructivo que puede resultar un ciclón.
La temporada ciclónica del Atlántico inicia el 1 junio de cada año. Recién acaba de inaugurarse la correspondiente a 2015 y se ha pronosticado que habrá entre 6 y 11 tormentas nombradas, entre 3 y 6 huracanes, de los cuales dos podrían ser fuertes.
Los nombres asignados serán Ana, Bill, Claudette, Danny, Erika, Fred, Grace, Henri, Ida, Joaquín, Kate, Larry, Mindy, Odette, Peter, Rose, Sam, Teresa y Víctor. La designación de los nombres se realiza utilizando criterios que han sido consensuados, como por ejemplo, alternando nombres masculinos y femeninos en los idiomas de la región.
Hace un tiempo, sobre este tema escribí lo siguiente: “Anteriormente existía la costumbre de bautizar a los huracanes con nombres de santos y santas, la que se mantuvo por varios siglos. Por ejemplo, la ciclonología dominicana registra los huracanes San Pío (1537), Santa Regina (1776), San Antonio (1780), Santa Ana (1813). San Agapito (1851), San Martín (1889), San Wenceslao (1910) y San Zenón (1930), entre otros.
“Durante la Segunda Guerra Mundial, los meteorólogos militares asignaron números a las tormentas y huracanes tropicales, y por un corto tiempo el alfabeto fonético militar se usó para asignar nombres cortos como Alfa, Bravo y Charlie, para facilitar la rapidez de las transmisiones.
En 1953 el Servicio Nacional de Meteorología de los Estados Unidos asumió la práctica de designar los ciclones con nombres de mujer. En ese periodo, la historia local registra el paso de Katie (1955), Hilda (1955), Edith (1963), Flora (1963), Cleo (1964), Inés (1966) y Eloise (1975), entre otros.
“La crítica del movimiento feminista hizo que en 1978 la Organización Mundial de Meteorología de la Organización de las Naciones Unidas empezara a alternar nombres masculinos con los femeninos para denominar a los huracanes del Pacífico Norte.
“Al año siguiente, la costumbre también fue adoptada por los países de la cuenca del Atlántico, incluyendo nombres masculinos y femeninos en orden alfabético. Desde entonces, un año la lista inicia con un nombre masculino y el siguiente, con uno femenino, alternándose en español, inglés y francés, que son los idiomas que hablan los países del Atlántico.
“La política generalizada es usar nombres cortos, distintivos y fáciles de recordar, de manera que se facilite el proceso de difusión de los boletines informativos en todos los países de la región.
Cuando un huracán causa muertes o daños importantes, su nombre no se vuelve a utilizar en por lo menos diez años. Algunos de los nombres retirados de la lista son Flora / Inés / Celia (1970), Eloísa / David (1979), Federico (1979), Hugo (1989), Georges (1998), Jeanne (2004) y Katrina (2005)”.
En 1979, tras el paso de David por el país, que fue seguido por la tormenta Federico, comprendí por qué el estado de estupor de mi abuela. Ambos fenómenos causaron la muerte de entre dos mil y cuatro mil personas, 600 mil personas perdieron sus hogares en San Cristóbal, Baní, Azua, el Distrito Nacional, San Pedro de Macorís, Higüey, La Romana, El Seibo y Monte Plata, entre otras comunidades de la geografía nacional, el 70 por ciento del sistema eléctrico quedó destruido y ocasionó daños a decenas de acueductos, carreteras y demás infraestructura viales.
Entonces no había preparación para enfrentar un fenómeno de esa magnitud. Ahora, 35 años después, la situación no es muy diferente.





