Sor Juana Inés de la Cruz siempre ha sido un enigma, una figura polémica desde su niñez, admirada por su genio literario, sus amplios conocimientos, su pensamiento científico, entre otros atributos que bien conocemos de nuestra poeta.
En las últimas décadas se ha avanzado mucho en los estudios de su vida y obra, más en específico, desde que Amado Nervo la volviera a poner de moda con su libro Juana de Asbaje (1910), después de un breve periodo de silencio de la obra sorjuanina, que apenas abarca las últimas décadas del siglo XVIII. Sin embargo, la obra de Sor Juana ha estado en continuo movimiento desde que escribiera sus primeros versos de juventud, hasta nuestros tiempos. La admiración y las polémicas sobre la Jerónima han ocasionado que sea continua víctima de suposiciones, versiones, añadiduras y modificaciones de las más diversas índoles, desde el año preciso de su nacimiento, hasta razones oscuras referentes a su muerte.
Pero sin duda, lo que más ha dado de qué hablar son sus últimos años, en los cuales escribe varias de sus obras más significativas, mismas que constituyen un parte-aguas dentro de su literatura y por ende en su vida personal y pública. Este tema, que constituido entre otros textos por la polémica de la Carta Atenagórica(1690) y la Respuesta a Sor Filotea (1691) además de su afamada conversión o renuncia a las letras, es uno de los más abordados y sigue dando mucho de qué hablar entre los sorjuanistas.
La vida de Sor Juana puede dividirse en tres etapas principales, 1) su infancia y juventud, en que permanece en la corte de los nuevos Virreyes, los marqueses Mancera y entra al convento de San Jerónimo, -en la cual podríamos ubicar principalmente poemas amorosos- 2) la etapa en que se despliega como una figura literaria importante para la Nueva España y que está marcada principalmente por la llegada de los virreyes, condes de Paredes, Don Tomás de la Cerda y su esposa María Luisa Manrique de Lara y que constituye el punto álgido de su literatura y 3) la etapa cumbre, pero también su retirada del medio público, la cual empieza con la publicación de la Carta Atenagórica(1691) y termina, claro está, con sus protestas de fe y su muerte.
Sor Juana, logró ganar un gusto y respeto literario incluso entre sus contemporáneos, además de hacerse de amistades poderosas, lo que le valió cierta libertad para desarrollar diversas temáticas y formas en su literatura; así tenemos a una monja que escribía poemas de amor mundano y comedias de enredo, e incluso en lo particular es evidente, -tomado en cuenta sus posesiones personales, libros, instrumentos músicos y científicos, premios etc.- que gozaba de licencias dentro del claustro, por supuesto dentro de los límites permitidos por las reglas y constituciones que regían el convento de San Jerónimo.
Los años en que se vio preferida por los Condes de Paredes, fueron sin duda su época de oro. Madura ya, supo consagrarse definitivamente como la poeta mexicana más importante de ese momento, no sólo en América, sino también en España misma, e incluso en Portugal.
De este periodo son las comedias: Los empeños de una casa (1683), Amor es más laberinto (1688), el Neptuno alegórico(1680), el Primero sueño(1684), el auto sacramental del Divino Narciso(1687), Villancicos e infinidad de poemas en honor de los virreyes. Son éstos, quienes fungiendo como mecenas, promueven la literatura de la Monja, además de patrocinarla. Recordemos que es la virreina Maria Luisa Manrique de Lara, quien pide a Sor Juana la recopilación de sus obras para su publicación en España, y es a ella a quien le debemos la Inundación Castálida(1689) así como el Segundo Tomo (1692) de sus obras.
Sin embargo, una vez terminado el periodo de gobierno de los señores marqueses (1680-1686), Sor Juana no logra consolidar una cercana amistad con los nuevos virreyes, para mantener el status y privilegio con que antes contaba, de modo que en cierta manera esto la pone en una posición más vulnerable.
En 1690, comienza para Sor Juana Inés de la Cruz una etapa crítica, que deriva en la sonada renuncia a las letras y vuelta a la religión. Este nuevo ciclo comienza con la Carta Atenagórica, o Crisis de un sermón, título original de la misma, y en concreto con su publicación a finales de 1690, bajo disposición del Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz. Bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, el Obispo incluye una carta-prólogo (694). Por un lado, Sor Filotea, celebra y enaltece a Sor Juana y con ello a su literatura, pero después de dicha ponderación, recrimina los temas que utiliza Sor Juana, aconsejándole que dedique más tiempo a cosas divinas en lugar de profanas, e incluso, le advierte que de lo humano no pase a niveles más bajos y se proponga verificar lo que ocurre en el infierno.
La Atenagórica, es una crítica a un celebrado sermón del famoso jesuita portugués Antonio Vieyra, el cual fue pronunciado en la Capilla Real de Lisboa en 1650 con motivo del Jueves Santo (673). Como es bien conocido, el tema principal de la Carta es cuál sería la mayor fineza de Cristo hacia los humanos, es decir, cuál fue la demostración de amor más grande que tuvo Jesús hacia la humanidad.
Durante todo el texto, la Jerónima se encarga, primero, de debatir la tesis de Vieyra, con las opiniones de los santos –San Agustín, Santo Tomás y San Juan Crisóstomo-, haciendo muestra de numerosos ejemplos, con los cuales no quedaba más que convencerse ante sus palabras. Después, y sin hacerlo patente, aunque sí notorio, invalida las tesis de los santos proponiendo la suya propia, la cual a los ojos estrictos de las autoridades eclesiásticas, debió ser un atrevimiento, pues propone como la mayor fineza de Cristo, aquellos favores que Dios niega a sus hijos pese a su naturaleza divina. Sabe que al dar esos favores, los humanos harán mal uso de ellos. Es por tanto el libre albedrío un medio de enseñanza.
Por supuesto la postura de Sor Juana en cuanto al tema y su calidad de monja no eran compatibles, no tenía el derecho –como es lógico- de tomar cuestiones teológicas de gran envergadura. Todo esto originó, una gran disputa a nivel público y privado. A raíz de todo lo anterior y principalmente a la carta-prólogo de Sor Filotéa de la Cruz, Sor Juana escribe la Respuesta a Sor Filotea, que constituye, no sólo una réplica, defensa y justificación de sus actos, sino una fuente invaluable para entender aspectos personales de Sor Juana. Junto con los villancicos de Santa Catarina (1691), éstas serían las últimas obras, que cuando menos en lo público escribía la Monja. En lo particular escribió aún otros papeles y uno de ellos son los Enigmas ofrecidos a la discreta inteligencia de la Soberana Asamblea de la Casa del Placer por su más rendida y fiel aficionada Sor Juana Inés de la Cruz, Décima Musa (1693?).
Los Enigmas fueron publicados por primera vez por Enrique Martínez López en 1968 en la Revista de Literatura del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España. Posteriormente Antonio Alatorre escribe una serie de artículos en el semanario Proceso (n. 744, del 4 de febrero de 1991) y después realiza una edición de los Enigmas en 1995. Fuera de esos estudios y el que hace Georgina Sabat de Rivers en su libro En busca de Sor Juana, sólo hay dos o tres menciones por algunos investigadores de importancia como Sara Poot en Los Guardaditos de Sor Juana y Jean-Michel Wissmer en su excelente volumen Las sombras de lo fingido. En fechas recientes Carlos Elizondo Alcaraz hace un breve comentario en su libro Presencia de Sor Juana en el siglo XXI. También existe una propuesta de método a mi cargo, para dar una posible respuesta a los Enigmas, publicado en Guadalajara en 1999.





