Ensayo sobre los mecanismos que conducen de la libertad a la guerra: (Extracto de mi próximo libro: "Este Mundo Se Nos Va de Las Manos", en imprenta)
Es bien sabido que, en política, las trampas más peligrosas no están en el suelo, sino en la mente. Uno avanza confiado, creyendo pisar terreno firme, hasta que descubre que la seguridad misma puede ser un engaño. Esta reflexión nace precisamente de la sospecha de que nuestras democracias —incluida la dominicana— pueden deslizarse hacia el viejo y criminal fascismo sin que sus propios ciudadanos lo adviertan. Y si la historia enseña algo, es que ese desvío conduce inevitablemente a la guerra.
Dicho esto, quisiera aprovechar para dirigir una advertencia fraterna, pero urgente, a la izquierda dominicana: una izquierda que, aferrada al pasado, atrapada en certezas doctrinales y aislada de la vida real del pueblo, hace demasiado tiempo que dejó de escuchar. Ojalá este texto sirva como invitación a mirar de frente lo que somos, lo que hacemos y lo que hemos dejado de hacer.
Y ahora sí, entremos en materia.
La democracia liberal contemporánea se sostiene sobre un principio esencial: la apertura del espacio público a todas las voces, incluso a aquellas que cuestionan sus propias estructuras. Pero esa misma apertura, indispensable para la pluralidad, contiene una tensión profunda: la democracia alberga en su interior las condiciones de su propia erosión. Por eso, su vulnerabilidad no es accidental, sino estructural.
Los ejemplos del siglo XX lo muestran con nitidez.
En Italia, el ascenso del fascismo no fue producto de una toma violenta del poder, sino de una delegación. Mussolini llegó al gobierno tras la Marcha sobre Roma, una demostración de fuerza ante una monarquía debilitada y unas élites temerosas del avance socialista. El rey Víctor Manuel III prefirió nombrarlo primer ministro en vez de defender el sistema parlamentario. Desde ese cargo —obtenido legalmente— Mussolini desmontó la democracia pieza por pieza.
En Alemania, Hitler también llegó al poder por vía legal. Tras capitalizar el descontento provocado por la crisis económica, la hiperinflación y el desempleo, fue nombrado canciller en 1933. Poco después, con la Ley Habilitante, obtuvo poderes extraordinarios que utilizó para destruir el sistema desde dentro. La democracia alemana, debilitada y desconcertada, abrió la puerta a su propio verdugo.
En América Latina, procesos similares revelaron la fragilidad institucional.
En Argentina, el golpe de 1976 instauró una junta militar que justificó la suspensión de derechos en nombre del “orden”, derivando en un régimen de terrorismo de Estado.
En Chile, la crisis política y económica de comienzos de los años 70, junto con la presión empresarial, militar y geopolítica, desembocó en el golpe de 1973. Aunque no hubo ascenso legal al estilo europeo, el fenómeno demostró que, ante tensiones extremas, la democracia puede ser desplazada por un autoritarismo que se presenta como “solución”.
La lección es clara: el fascismo suele ascender aprovechando los mismos mecanismos democráticos que luego elimina. Y esta paradoja revela que la democracia, sin una cultura cívica sólida, puede ser instrumentalizada por movimientos antiliberales que utilizan el consentimiento para destruirlo.
Hoy Europa vuelve a enfrentarse a dinámicas inquietantemente similares. La ultraderecha en Francia, Italia y España crece alimentada por el desencanto ciudadano, el desgaste de los consensos tradicionales y la búsqueda desesperada de respuestas simples ante un mundo incierto.
Pero el ascenso de la ultraderecha no se explica solo por su capacidad de movilización. Se explica también por el debilitamiento de la participación democrática y por la ausencia de un horizonte ideológico alternativo que dispute el sentido de lo común.
Aquí aparece un elemento decisivo: la desaparición del socialismo como alternativa global. No solo se trata del derrumbe de los socialismos de Estado, sino del desprestigio del ideal de transformación colectiva. Durante décadas, el socialismo actuó como contrapeso moral e intelectual al capitalismo liberal. Ofrecía una visión de futuro basada en la igualdad estructural y la justicia distributiva. Su erosión dejó un vacío: la política perdió su capacidad de imaginar un proyecto común y el individuo pasó a ser el único centro de legitimidad y sentido.
Sin una alternativa sistémica que dispute el rumbo social, el neoliberalismo se consolidó como marco único, mientras los movimientos autoritarios ocuparon el espacio emocional abandonado por la política democrática.
El fracaso del socialismo como sistema político no invalida la vigencia de sus valores fundamentales. Muy por el contrario: esos valores —igualdad, justicia distributiva, solidaridad y defensa del bien común— siguen siendo indispensables para la salud democrática. No pertenecen a un régimen agotado, sino a una tradición ética vital para equilibrar los excesos del capitalismo contemporáneo. Recuperarlos no implica volver a modelos inviables, sino fortalecer la dimensión social, comunitaria y protectora de la democracia.
Frente a estos valores, la ultraderecha propone políticas abiertamente regresivas: nacionalismo excluyente, criminalización de la inmigración, negacionismo climático, desmantelamiento del Estado social y una peligrosa apelación a identidades cerradas. Todas estas políticas erosionan la democracia, abren la puerta a autoritarismos competitivos y reducen la pluralidad hasta dejarla irreconocible.
El retroceso democrático que vivimos no es solo responsabilidad de la extrema derecha. Es también resultado de una doble renuncia:
– la renuncia a defender la democracia frente a quienes buscan instrumentalizarla,
– y la renuncia a sostener un imaginario colectivo capaz de inspirar futuro.
De ahí la tesis central:
La democracia no colapsa por exceso de enemigos, sino por déficit de participación; y los autoritarismos no avanzan porque convencen, sino porque las alternativas emancipadoras fueron abandonadas antes de ser agotadas.
El desafío actual exige reconstruir el compromiso democrático y revitalizar el legado ético del socialismo democrático. Solo así evitaremos que la sombra vuelva a ocupar el espacio que dejó vacío la esperanza.
Llamado a la izquierda dominicana
El caso dominicano es particularmente complejo. Una parte considerable de nuestra izquierda continúa atrapada en los marcos ideológicos del siglo XX, aferrada a esquemas que ya no pueden explicar la complejidad del país. Ese anclaje al pasado —dogmático, sectario y carente de autocrítica— ha impedido construir propuestas transformadoras conectadas con la realidad contemporánea.
Mientras el mundo cambia a gran velocidad, sectores de la izquierda dominicana siguen preocupados por preservar identidades doctrinales antes que por formular proyectos viables para una sociedad marcada por desigualdades profundas, precariedades y tensiones propias del capitalismo caribeño del siglo XXI.
Si la izquierda quiere recuperar relevancia, deberá sustituir la nostalgia por análisis riguroso, el sectarismo por alianzas amplias y los discursos abstractos por propuestas concretas: laborales, fiscales, ambientales, urbanas e institucionales.
De lo contrario, seguirá siendo una fuerza moralmente respetada, pero políticamente irrelevante, incapaz de disputar el rumbo del país en un momento en que las derechas autoritarias avanzan con audacia y eficacia.
Lo que ocurre en la República Dominicana no es un fenómeno aislado: refleja una crisis más amplia de la izquierda latinoamericana, dividida entre nostalgias revolucionarias, pragmatismos sin proyecto y una dificultad persistente para leer la nueva composición social de la región. Mientras las derechas radicalizadas se modernizan, articulan discursos emocionales y capitalizan el malestar, demasiados sectores progresistas siguen defendiendo categorías del siglo pasado o peleando entre sí por la autoridad moral de tradiciones que ya no dialogan con las urgencias del presente.
En paralelo, América Latina enfrenta una desigualdad estructural, un deterioro ambiental acelerado, Estados débiles y economías dependientes que demandan soluciones innovadoras y pactos sociales ambiciosos. Si la izquierda continental no reconstruye una narrativa de futuro —basada en justicia social, igualdad, sostenibilidad y democracia profunda— corre el riesgo de quedar atrapada en la irrelevancia histórica. Y sin una alternativa progresista vigorosa, el espacio queda libre para que los autoritarismos del siglo XXI, más sofisticados y mediáticos que sus predecesores, avancen sin resistencia.




