“Primero conviene advertir en dos cosas. La primera es que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras.” Volver a estas sabias palabras que el sacerdote español Ignacio de Loyola escribió en el siglo XVI en su libro “Ejercicios espirituales”, nos permite, al mismo tiempo, volver sobre la fecha del 12 de enero de 2010, a 16 años del mortal terremoto que afectó Haití. Es hora de ponernos a la escucha de un gran maestro del lenguaje y también de un país caribeño que nos habla en tiempos de oscuridad.
Dos horizontes diferentes: la España del siglo XVI y el Haití del siglo XXI
Dos contextos radicalmente distintos: la España del siglo XVI, el llamado Siglo de oro español, y el Haití del Siglo XXI que vivió la peor tragedia “natural” de su historia considerada, al mismo tiempo, como la peor tragedia de este siglo que se cobró la vida de cientos de miles de personas en cuestión de segundos. El sismo necesitó unos segundos para marcar un siglo, nuestro siglo XXI.
Dos realidades que parecen opuestas: un ejercicio espiritual de contemplación serena al que nos invita el fundador de la Compañía de Jesús (los Jesuitas), y la experiencia dolorosa de un pueblo que no ha logrado recuperarse del trauma del terremoto y que tardará varios años para curar y cicatrizar las heridas visibles e invisibles que este suceso le ha dejado en su cuerpo, en su alma, en su historia.
¿Es posible poner en diálogo estos dos horizontes históricos? ¿Cómo, desde la tradición ignaciana, iluminar una realidad atravesada por el sufrimiento, la violencia y la precariedad estructural?
Contemplación y acción
Lo primero que estas palabras del texto hacen es una advertencia que vale tanto para quien hace los ejercicios espirituales como para quien quiere ayudar a Haití: “Primero conviene advertir […].”
El texto nos invita a verternos (vertere): un vaso lleno no puede ni amar al otro ni solidarizarse con él; por lo tanto, debe vaciarse, derramarse, liberarse, en particular, de la soberbia. Este giro, esta vuelta, este verternos al que nos convoca el texto es, ni más ni menos, hacia (ad) el amor; pero hay que hacerlo de una manera precisa: no sólo hablando, sino, sobre todo, actuando, practicando, concretando, obrando.
Además, la expresión “ponerse en” viene a reforzar el compromiso que debe tener la persona que ama e incluso el compromiso que el mismo amor tiene consigo: el amor debe obrar y no sólo orar, en el doble sentido de adorar (rezar, rogar, rendir culto) y perorar (discurrir, hablar). Contemplación y acción. Oración y obra. Palabras y hechos.
Estas palabras precisas y sabias, sólo un maestro del lenguaje, como Ignacio de Loyola, podría plasmarlas de manera tan clara y profunda y para todos los tiempos, en particular, para los tiempos de oscuridad en los que la sabiduría brilla por su ausencia.
Tiempos de oscuridad en Haití
Efectivamente, vivimos tiempos de oscuridad en Haití. La realidad que enfrenta el país, y cada vez más tras el terremoto del 12 de enero de 2010, es desgarradora.
Haití no puede solo, aunque desde el arte, la cultura, la creatividad, la combatividad diaria y la migración, el pueblo haitiano resiste y re-existe.
Tampoco puede estar solo. Requiere de la ayuda externa en términos humanitarios, económicos, materiales y de seguridad. Necesita, sobre todo, fraternidad, solidaridad y cooperación internacional para poder reconstruir los servicios básicos e infraestructuras elementales, así como proteger los derechos fundamentales de su población (salud, educación, seguridad, alimentación …).
El terremoto del 12 de enero de 2010 es un eslabón de una gran cadena de catástrofes que han ido asestando golpes mortales al país, prácticamente cada año. Durante cada temporada de huracanes. Tras cualquier temblor o movimiento telúrico, por más mínimo que sea. En cada gota de lluvia que amenaza con provocar que los ríos inunden ciudades. Los peligros “naturales” acechan al país por todos los lados: arriba en el cielo, debajo de la tierra, sobre toda la superficie del territorio, en las fuertes olas del mar, desde los cauces de los ríos; además, tras cada paso de una tragedia nos volvemos cada vez más vulnerables y más expuestos a la siguiente tragedia.
Haití nos está hablando
¿En qué sentido las mencionadas palabras de Ignacio de Loyola pueden sernos de gran ayuda? Al menos, para comprender dos cosas claves con respecto a Haití que nos está hablando hoy.
Primero: para comprender que Haití necesita, urgentemente y más que nunca, que el mundo voltee a mirarlo, dirija la atención hacia él, se vierta hacia él, al menos, con motivo de este día 12 de enero que, hace exactamente 16 años, marcó un antes y un después en su historia reciente. Que Haití necesita que sus amigas y amigos le ayuden a advertir al mundo entero que su pueblo sigue luchando dignamente para salir adelante y que no se puede olvidar este país.
Segundo: para entender que, así como el amor, la solidaridad se pone más en las obras que en las palabras. Esto significa que no se trata sólo de perorar sobre Haití, sino contribuir a que la solidaridad siga obrando (cada vez más con hechos) a favor de la lucha que las y los haitianos libran a diario para enfrentar el empobrecimiento, la violencia, la falta de oportunidades laborales y educativas, la inseguridad alimentaria, las afrentas a su dignidad y otros tantos males que le aquejan.
Solidaridad con Haití en un año decisivo
Esta doble comprensión resulta particularmente relevante en 2026, un año decisivo para Haití en el plano político.
El país se encamina hacia un proceso electoral que debería conducir, a inicios de 2027, a la elección de un/a presidente/a constitucional y al anhelado retorno a la normalidad democrática. Se trata, sin embargo, de una tarea muy compleja. Es difícil convocar a un pueblo a las urnas sin condiciones mínimas de seguridad. Menos aún, cuando amplias zonas del territorio nacional —y de manera especial la capital, Puerto Príncipe— permanecen bajo el control de estructuras delincuenciales y criminales. Cuando la población a la que se convoca carece de un mínimo de serenidad en la mente, de sosiego en el corazón y de seguridad alimentaria.
Ante esta tarea difícil pero indispensable, Haití necesita que la mirada del mundo entero se ponga sobre el proceso electoral, respetando los principios de soberanía, de tal modo que los comicios puedan ser libres, transparentes y democráticos y los resultados oficiales que salgan de ellos no se conviertan en un pretexto más para que se desate otra enésima crisis post-electoral en el país.
¡Prestemos atención a Haití, que nos está hablando! ¡Solidaricémonos con Haití!




