Contáctenos Quiénes somos
Opinión | Por Orlando Beltré

Con la flagrante violación a Venezuela y las reiteradas amenazas a Cuba y Colombia por parte del imperialismo norteamericano, América Latina ha vuelto a vivir una escena ya conocida.

Como una marea que retrocedió solo para tomar impulso, pero esta vez bajo mandato del pedófilo y desquiciado Donald Trump, el imperialismo norteamericano ha reactivado su vieja lógica de dominación hemisférica. Resurge el espíritu de la Doctrina Monroe, esa proclama del siglo XIX que convirtió al continente en “patio trasero” y que hoy, dos siglos después, vuelve a operar como principio de intervención permanente.

Hoy, más de 200 años después de esa nefasta doctrina, conviene volver la mirada no hacia el futuro abstracto, sino hacia un pasado inconcluso: el proyecto de la Gran Colombia, concebido por Simón Bolívar no como una nostalgia romántica, sino como una estrategia de supervivencia continental.

El gran libertador Simón Bolívar entendió antes que nadie una verdad incómoda: la independencia sin unidad es una independencia frágil. La fragmentación de América Latina no fue un accidente histórico, sino una condición funcional a los intereses imperiales. Repúblicas pequeñas, aisladas, enfrentadas entre sí, dependientes económica y militarmente, eran —y siguen siendo— más fáciles de controlar que una gran nación articulada y con voz propia en el sistema internacional.

La Gran Colombia —que unió a Venezuela, Nueva Granada, Ecuador y Panamá— fue el primer intento serio de romper esa lógica. No se trataba solo de compartir un territorio, sino de construir un poder político común, una defensa colectiva, una diplomacia soberana. Bolívar no pensaba en fronteras heredadas del colonialismo, sino en una patria grande, capaz de dialogar de igual a igual con las potencias del mundo.

Quiero defender aquí la idea de que el fracaso del proyecto de El Libertador no invalida su diagnóstico, sino que al contrario, lo confirma. La desintegración de la Gran Colombia abrió el camino a casi dos siglos de intervenciones externas, golpes de Estado, dictaduras inducidas, economías dependientes y democracias tuteladas. Desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973, desde Nicaragua hasta Venezuela, desde Cuba hasta Bolivia, la historia reciente es una larga lista de países castigados por atreverse a decidir su propio destino.

Hoy que Trump acaba de cagarse sobre la soberanía venezolana, cuando Washington vuelve a señalar enemigos en el sur, cuando se criminaliza la soberanía y se castiga la disidencia geopolítica, la pregunta bolivariana reaparece con fuerza: ¿puede América Latina resistir dividida?
La respuesta, una vez más, es NO!

Obviamente, en el año 2026, más de dos siglos después, la alternativa no es una reedición literal de la Gran Colombia. Los tiempos, los actores y las realidades son otros. Pero sí que se impone recuperar la idea y actualizar su espíritu.

La solución frente a las amenazas del Imperio hoy día pasan por plantear una integración latinoamericana real, no meramente comercial; una unión política que supere los foros vacíos y las cumbres sin consecuencias. Nuestros países deben plantearse y gestionar de manera efectiva la coordinación en materia de defensa, energía, finanzas y política exterior. En otras palabras, América Latina debe diseñar una arquitectura capaz de proteger la soberanía colectiva.

Bolívar advertía que Estados Unidos parecía destinado a “plagar de miserias a América en nombre de la libertad”. Eso no era antiamericano por dogma, sino lúcido por experiencia. Sabía que ningún imperio tolera, en su zona de influencia, proyectos autónomos y cohesionados. Por eso temía más la desunión interna que al enemigo externo.

Recuperar hoy la idea de la Gran Colombia —y, por extensión, de la Patria Grande— no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de realismo político. En un mundo que se reconfigura en bloques, la fragmentación latinoamericana es una condena; la unidad, una posibilidad histórica aún abierta.

Quizá Bolívar no aró en el mar. Quizá sembró demasiado pronto.

Pero las semillas, dos siglos después, siguen ahí, esperando una generación que comprenda que sin unidad no hay soberanía, y que frente al retorno del imperio, la única respuesta digna es —como entonces— la unión de los pueblos libres de América.