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Opinión | Por Juan Miguel Pérez

En estos tiempos, pedir bajar la música del quitipó de la esquina, suele molestar a los que tienen la música a todo volumen. Con la ausencia de crítica social que hoy padece RD, cualquier palabra hereje a la ola trendy del momento, puede ser blanco de mucha ira de quienes con su bulla mantienen las calles del país como una discoteca.

La sociologia es un saber que suele molestar, sobre todo a los dueños del quitipó que disfrutan en palco del negocio.

Ayer sábado inicié mi clase de sociología jurídica en la UASD con una pregunta sobre el clásico mundial. Las dos primeras intervenciones se montaron en el tren de la moda, celebrando la “unión” de la nación en un torneo que nos “hace sentir orgullosos” como dominicanos. Ok. Ahí estábamos en el nivel “doxa”, ese mundo de la opinión, de lugares comunes, del cual hablaba Platón, y que después de escucharlo en las calles y redes, solemos repetirlo sin cuestionarlo.

Coincidía, afortunadamente, de que la clase tenía asignada para ayer los capítulos 3 y 4 de Pedagogía del Oprimido de Freire. Y al yo evocar la posibilidad de conexiones entre las tesis de Freire con el análisis del Clásico, las intervenciones de los estudiantes fueron adquiriendo una perspectiva crítica sobre el discurso dominante. “Torneo para distraer a la gente”; “entretenimiento para disimular los problemas reales de la gente”, fueron parte de los argumentos expuestos.

Alguien me preguntó por qué los dominicanos somos tan buenos en pelota: por la misma la razón que los mejores baloncestistas estadounidenses salen de los guetos: por la pobreza, y cómo el capital la organiza para aprovechar los músculos del barrio o del campo para estirarlo en sus propios negocios. Por cada estrella del Clásico que por diversas razones salió de la miseria, quedan detrás un sistema de centenares de miles de empobrecidos.

El clásico lo celebramos, claro (¿cómo no?), pero sin perder el rigor de recordar lo que es: un espectáculo organizado por el poder económico para exhibir las excepciones de la pobreza, aprovechándose de ellas, limpiándolas, y haciéndonos olvidar a la existente. Una civilización de la ilusión y su industria.

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