Hay palabras que un país no puede pronunciar con ligereza. Agua es una de ellas.
Durante demasiado tiempo hemos hablado del agua como si fuera apenas un servicio, una tubería, una factura, un vaso sobre la mesa, una lluvia incómoda o una sequía pasajera. No. El agua es mucho más que eso. El agua es un asunto de seguridad nacional. Y conviene decirlo sin rodeos, porque a veces los pueblos se pierden no solo por lo que ignoran, sino también por lo que nombran mal.
Un país puede tener muros, fusiles, soldados, fronteras y banderas. Puede llenar de discursos sus plazas y de himnos sus ceremonias. Pero si destruye sus ríos, envenena sus cañadas, rellena sus humedales, perfora sin prudencia sus montañas, entrega sus nacientes, seca sus lagunas, mutila sus playas, arruina su clima local y nacional, ese país comienza a desfondarse por dentro. Se vuelve vulnerable en su raíz. Se pone en peligro en lo más elemental. Porque no hay soberanía posible sobre un territorio que se queda sin agua o que recibe el agua como castigo porque antes la recibió como botín.
La sed, la inundación y la contaminación no son simples incidentes ambientales. Son formas de agresión contra la patria. Son expresiones distintas de una misma ruptura del pacto entre sociedad y naturaleza. Son, por tanto, una amenaza real a la seguridad nacional.
Veinte criterios bastan para entenderlo, aunque en realidad podrían ser muchos más.
1. El agua sostiene la vida humana inmediata. Sin agua potable suficiente, segura y accesible, no hay población sana ni país viable.
2. El agua sostiene la seguridad alimentaria. Sin agua no hay agricultura estable, ni cosechas seguras, ni soberanía en la mesa.
3. El agua sostiene la producción pecuaria. Ganadería, avicultura y otros sistemas dependen de disponibilidad hídrica permanente y de calidad.
4. El agua sostiene la salud pública. Hospitales, higiene, saneamiento, prevención de epidemias y calidad de vida dependen de ella.
5. El agua sostiene las ciudades. Toda ciudad existe porque hay alguna forma de captación, almacenamiento, distribución, drenaje y saneamiento.
6. El agua sostiene la paz social. Cuando escasea o se contamina, crecen los conflictos entre territorios, sectores y comunidades.
7. El agua sostiene la economía. Industria, comercio, construcción, servicios y producción dependen de volúmenes de agua que a menudo se dan por sentados.
8. El agua sostiene la energía. Sin agua, la generación hidroeléctrica se debilita y también se afecta la operación de otros sistemas energéticos.
9. El agua sostiene la escuela y la cotidianidad. Un aula sin agua, un comedor sin agua, un barrio sin agua, son instituciones debilitadas y ciudadanía herida.
10. El agua sostiene la productividad del campo y del valle. Un país con sequías prolongadas o riego ineficiente se vuelve más caro, más injusto y más dependiente.
11. El agua sostiene los ecosistemas que nos defienden. Bosques, humedales, manglares, lagunas, estuarios y arrecifes amortiguan extremos, filtran, almacenan y regulan.
12. El agua sostiene la montaña, y la montaña sostiene el agua. Donde se destruye el bosque nublado, se mutila la fábrica del país.
13. El agua sostiene ríos, lagos, lagunas, playas y paisajes que son parte del patrimonio natural, económico y espiritual de la nación.
14. El agua sostiene el clima. No solo recibe el clima: también participa en su modulación a través de bosques, humedales, mares y suelos vivos.
15. El agua sostiene la resiliencia frente a desastres. Cuando se mal maneja el territorio, la lluvia se vuelve avenida destructora y la sequía se vuelve ruina prolongada.
16. El agua sostiene la integridad urbana. Una ciudad que elimina áreas verdes sella el suelo y destruye cañadas se coloca a sí misma en estado de inseguridad.
17. El agua sostiene el turismo verdadero. Sin playas sanas, sin lagunas vivas, sin humedales, sin paisajes funcionales y sin calidad ambiental, el turismo se suicida mientras sonríe para la foto.
18. El agua sostiene la soberanía territorial. Las zonas altas productoras de agua son activos estratégicos del país, no reservas para el saqueo.
19. El agua sostiene la continuidad histórica. Una nación no hereda solo héroes y documentos: hereda cuencas, manantiales, bosques, costas y capacidad de producir vida.
20. El agua sostiene el porvenir. Defenderla es defender a los que todavía no han nacido.
Cuando se entiende esto, muchas discusiones dejan de ser sectoriales y revelan su verdadero tamaño.
Entonces se comprende por qué el presupuesto nacional no puede tratar el agua como una nota al pie, ni la política pública como un apéndice técnico, ni la protección de cuencas como una excentricidad de ambientalistas. Entonces se comprende por qué la defensa del agua no es una tarea ornamental del Ministerio de Medio Ambiente, sino una obligación transversal del Estado completo, desde Hacienda hasta Educación, desde Obras Públicas hasta Salud, desde Agricultura hasta Turismo, desde el Congreso hasta los ayuntamientos, desde el sistema judicial hasta los órganos de control.
Un país que sabe que el agua es seguridad nacional pone el agua en el centro del presupuesto, en el centro del ordenamiento territorial, en el centro de la legislación, en el centro de la fiscalización, en el centro de la educación y en el centro de la cultura cívica. No improvisa. No autoriza cualquier cosa en cualquier parte. No concede licencia moral ni política para destruir las alturas productoras de agua. No tolera que la rentabilidad privada comprometa la seguridad colectiva.
Por eso defendemos la integridad de los ecosistemas de montaña. Porque allí no solo hay árboles, neblina y belleza. Allí se está escribiendo, gota a gota, la estabilidad futura de la nación. Cada bosque nublado que se conserva es una reserva de orden, de caudal, de humedad, de regulación climática, de alimento y de paz social. Cada bosque que se tumba en la altura deja al país un poco más expuesto, un poco más pobre, un poco más inerme.
Por eso peleamos para que las áreas protegidas no sean alteradas, recortadas, burladas o convertidas en papel decorativo. Porque las áreas protegidas no son una manía contemplativa. Son infraestructura biológica de la República. Son murallas vivas contra la erosión, la sequía, la inundación, la pérdida de suelo y el colapso de la biodiversidad. Son una forma de defensa nacional mucho más profunda que muchas obras ruidosas que se inauguran con fotografía y olvido.
Por eso nos oponemos a la megaminería en las alturas y en las zonas productoras de agua, como en San Juan de la Maguana, en Restauración, en la Cordillera Septentrional y en cualquier otra geografía donde el metal prometa riqueza inmediata a cambio de una ruina diferida. Porque cuando se compromete una cabecera de cuenca, no se hiere solo un paisaje: se comprometen acueductos, riegos, comunidades, economías locales, salud, alimentos, acuíferos y futuro. Un país no puede canjear su sangre por un brillo.
Por eso hay que obligar al establecimiento de plantas de tratamiento adecuadas en la industria, en la minería, en las ciudades y en toda actividad que descargue efluentes. Porque dejar correr aguas contaminadas es aceptar que la nación beba su propia negligencia. La contaminación del agua no es solo suciedad: es una forma lenta de violencia.
Por eso hay que impedir que el turismo siga ocupando humedales, cegando lagunas, rellenando zonas inundables o expulsando la respiración de los ecosistemas costeros porque una laguna “estorba”, un manglar “afea”, una zona anegada “retrasa” o un espejo de agua “interfiere” con el negocio. Lo que de verdad estorba es la estupidez con título de inversión. Lo que afea es el saqueo. Lo que retrasa es la miopía. Un turismo que destruye el agua es una industria cavando debajo de su propia cama.
Por eso es absurdo destruir el Cinturón Verde de Santo Domingo y las áreas verdes urbanas de Santiago, La Vega, Moca, Puerto Plata o cualquier ciudad dominicana. Porque los árboles urbanos, los suelos permeables, las cañadas funcionales, los humedales remanentes y los parques no son adornos para domingos tranquilos: son piezas de seguridad hídrica, climática y sanitaria. Una ciudad sin poros se convierte en trampa. Una ciudad sin sombra se recalienta. Una ciudad sin agua limpia se enferma. Una ciudad que expulsa la naturaleza termina expulsando la dignidad.
EDUCAR EN LA PATRIA Y POR LA PATRIA REAL
Por eso el agua debe convertirse en eje articulador de toda la educación nacional. Educar en el agua es educar en la naturaleza. Educar en la naturaleza es educar en la patria real. Hay que enseñar a conocer cuencas, a leer paisajes, a valorar ríos, a entender humedales, a respetar lagunas, a cuidar playas, a reconocer la relación entre bosque y lluvia, entre suelo y escorrentía, entre basura y drenaje, entre consumo y sequía, entre contaminación y enfermedad, entre ciudadanía y defensa del bien común.
Debemos educar en la producción de alimentos con uso eficiente del agua. Debemos educar en la economía del hogar y en el ahorro. Debemos educar en el deber de no convertir la casa, el barrio, la escuela o el negocio en una fuente de contaminación. Debemos educar en derechos y deberes cívicos vinculados al agua. Debemos educar en la vigilancia social, en la denuncia fundada, en la participación comunitaria y en la exigencia de políticas serias. Debemos educar, incluso, en la idea de que la defensa del agua también es una tarea estratégica del Estado y que los cuerpos armados, la protección civil, las instituciones científicas, los municipios y las comunidades tienen que aprender a actuar de manera articulada.
Pero nada de esto será suficiente si la ciudadanía no se asume como sujeto activo de la defensa del agua.
Cada familia. Cada club barrial. Cada junta de vecinos. Cada comunidad eclesial de base. Cada parroquia. Cada iglesia, cualquiera que sea su denominación. Cada gremio. Cada escuela. Cada universidad. Cada cooperativa. Cada asociación campesina. Cada colectivo juvenil. Cada entidad del gobierno. Cada medio de comunicación. Cada empresa. Cada barrio y cada paraje. Todos deberían tener el agua como eje vivo de su conciencia y de su práctica. Porque el agua no puede seguir siendo solo tema de técnicos, ni de especialistas, ni de funcionarios. El agua tiene que ser asunto de pueblo.
DEFENDER EL AGUA ES DEFENDER LA PATRIA
La patria no se defiende únicamente en la frontera. También se defiende en la naciente. También en la cañada. También en el humedal. También en la laguna que un promotor quisiera borrar del mapa. También en la playa que necesita dunas, manglares y orden. También en la loma donde un bosque recoge niebla como quien junta pan para mañana. También en el drenaje urbano. También en la planta de tratamiento que nunca se construye. También en la escuela donde nadie ha explicado todavía que un vaso de agua comienza mucho antes del grifo.
Quien defiende el agua no está defendiendo una consigna verde. Está defendiendo la posibilidad misma de seguir siendo país.
Porque la patria no es solamente un himno ni una bandera al viento. La patria también es un río limpio entrando al valle. Una laguna intacta donde todavía cabe el cielo. Una playa respirando sin concreto hasta la garganta. Una montaña que fabrica agua en silencio. Un clima que todavía puede ser habitable. Un bosque que amarra la lluvia al suelo. Un barrio que no se inunda por desidia. Una niña que abre una llave y encuentra agua. Un agricultor que mira su parcela y no ve polvo ni veneno. Una ciudad que entiende que el agua no es enemiga ni estorbo, sino condición de su propia existencia.
Defender el agua es, en el fondo, una forma superior de patriotismo.
Y por eso hay que decirlo con toda la fuerza necesaria: que siempre haya agua para que siempre haya patria.
QUE SIEMPRE HAYA AGUA PARA QUE SIEMPRE HAYA PATRIA
La patria comienza con la sed satisfecha.
Empieza en la gota.
En el musgo que destraba la cerradura de la piedra.
En el hilo oscuro que baja de la montaña
con una paciencia más antigua que los escudos.
No son más patria los muros.
Ni el fusil bostezando en la garita.
Ni el soldado inmóvil.
Ni la frontera dibujada con tinta nerviosa.
Ni la bandera cuando flamea sobre un mapa sediento.
Más patria es un manantial
abriéndole la yugular de luz a la mañana.
Cuando tapan una cañada
Sellan, sin razón, los poros de la patria.
Entierran rutas del alivio,
caminos del barro hacia su descanso,
la memoria con que la ciudad podría salvarse de sí misma.
Cuando borran una laguna
le ponen cemento a un ojo del territorio.
Cuando mutilan un humedal
le arrancan al país una almohada de lluvia.
Cuando revientan la montaña por codicia,
la patria tose arena,
escupe fiebre,
se le agrieta la lengua de la yuca.
Hay playas que sostienen la República
con una mansedumbre feroz.
Hay manglares que hacen guardia sin uniforme.
Hay ríos que cargan más nación
que muchos discursos con micrófono.
Hay bosques nublados
donde la patria aprende a condensarse
gota por gota,
como si Dios todavía escribiera despacio.
La sed también invade.
La contaminación también dispara.
La inundación también ocupa.
Son tres formas del asedio.
Tres maneras de sitiar la cocina,
el hospital,
la escuela,
el conuco,
la calle donde un niño cree que el agua
debe llegar limpia
y no como fango con lepra.
Por eso te digo:
vigila la loma.
Defiende la laguna.
Nómbrale la vergüenza al que vende la naciente.
Ponle rostro al que firma el permiso infame.
No dejes sola a la lluvia.
No dejes sola a la playa.
No dejes solo al río
cuando vengan a cambiarle su cauce por dinero.
Que cada barrio tenga memoria de cuenca.
Que cada escuela enseñe la respiración del suelo.
Que cada iglesia sepa
que un salmo también puede ser un acueducto defendido.
Que cada familia aprenda
que ahorrar agua no es tacañería:
es dejarle pulso al mañana.
Porque un país sin agua
es una bandera ardiendo hacia adentro.
Un escudo lleno de polvo.
Un himno con la garganta rota.
Que siempre haya agua
en la llave,
en el surco,
en la nube,
en la cisterna urbana,
en la tinaja del campo,
en el pez,
en la playa,
en la vena secreta de la roca.
Que siempre haya agua
para que no se nos derrumbe la patria
como una casa construida
encima de su propia desmemoria.
Que siempre haya agua.
Para que siempre haya pan.
Para que siempre haya niños.
Para que siempre haya bosque.
Para que siempre haya ciudad.
Para que siempre haya país.
¡Para que siempre haya patria!
Luis Carvajal.
Foto de Luis Carvajal, después de las inundaciones del Río Nigua, 30 de agosto 2011.





