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Opinión | Por Riamny Méndez Féliz

La declaración sobre la trata trasatlántica, impulsada por una coalición de 60 países africanos, caribeños y latinoamericanos es justa, necesaria y pertinente por la ancestra que fue esclavizada a los quince años, por nuestra memoria y dignidad y también por la memoria y la dignidad de todos los seres humanos. Nunca más a la trata de seres humanos, a la esclavización o al apartheid como el que se vivió en Sudáfrica hasta 1994, y que fue consecuencia del orden mundial que inició en 1492

¿Por qué es justa, necesaria y pertinente la declaración de la Asamblea de Naciones Unidas que califica la trata trasatlántica de personas africanas esclavizadas como el Crimen de Lesa Humanidad más Grave?

Imagina que tienes 15 años, vives en paz con tu familia en un pequeño pueblo y, un mal día, eres atrapada por desconocidos que te encadenan y te obligan a subir a un barco, en un viaje que te llevará al otro lado del mundo para trabajar sin descanso, ser golpeada, violada y parir hijos que no criarás porque pertenecen al amo que los vende, los esclaviza o los mata. No se les reconoce como personas sino como propiedad. Tus descendientes vivirán así durante generaciones y verán cómo matan a otros esclavizados en la plantación, en un genocidio de siglos.

Para justificar este régimen político-económico, hombres blancos considerados sabios y cultos inventarán teorías raciales seudocientíficas que argumentarán que tú y tus descendientes son intelectualmente inferiores, casi no-humanos, y que por lo tanto la esclavitud se puede ejercer sin remordimientos de conciencia. Otros manipularán la fe en tu contra. Religiosos cristianos intentarán evangelizarte, es decir, colonizar todo tu pensamiento, hacer que consideres tus propias tradiciones espirituales “diabólicas”, al tiempo que justifican la esclavitud y posteriormente la segregación y la discriminación.

De hecho, durante gran parte del siglo XX, cuatro siglos después de que te raptaran y esclavizaran, muchas iglesias católicas y protestantes estaban segregadas por raza en los Estados Unidos, la primera potencia en esa época. “En Nueva Orleans, los negros tenían que sentarse en los bancos traseros y no podían recibir la comunión hasta que todos los feligreses blancos habían sido atendidos. Algunas parroquias también colocaron pantallas entre las dos razas”, se explica en el artículo La raza en la imaginación católica, de Cary Dabney. No solo segregaron, muchos líderes religiosos no apoyaron o abiertamente se opusieron a la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos.

Los mismos que trataban de evangelizarte y convertir en cristianos a tus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, y que estigmatizaron tu espiritualidad animista, les negaron la entrada a sus instituciones más prestigiosas a tus descendientes.  

“No se puede negar que en las órdenes religiosas, sobre todo en Sudamérica, se puso tanto énfasis en el prejuicio racial, aun haciendo caso omiso de las leyes, como se habrá puesto en la 'pureza de sangre'. Así, los franciscanos de la Provincia de la Santa Cruz no admitirán en su Orden a los descendientes de mulatos o indios, hasta la cuarta generación. Tanto en las congregaciones masculinas como femeninas, se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVIII, por lo menos, cierto privilegio de raza, admitiendo a los negros únicamente como 'familiares' o a lo sumo, como legos”, explica José Luis Sáez, S.J, en su artículo La iglesia frente al esclavo en santo domingo (1501-1683), publicado en la Revista Estudios Sociales en 1990.

Para liberarte de la esclavitud hiciste planes secretos con otras personas africanas, muchas de las cuales eran de pueblos diferentes al tuyo y hablaban otras lenguas. Aprendieron la lengua del amo o se inventaron algún criollo para comprenderse. La resistencia tuvo sus altas y bajas. Tus hijos y tus nietos, algunos de ellos producto de violaciones de hombres blancos contra mujeres negras, tuvieron que seguir la lucha, a veces en la plantación, a veces huyendo a los manieles, mientras los amos los perseguían, los mataban y trataban de eliminar cualquier posible solidaridad entre grupos esclavizados: presionaron a los cimarrones para que no recibieran a los de la plantación en sus territorios, castigaron la ayuda mutua.

A pesar de todo, se lograron rebeliones exitosas, manieles que albergaron generaciones, y siglos después, se elimina legalmente la esclavitud, en algunos territorios como Cuba y Brasil casi a inicios del siglo XX.

Pero, esa supuesta libertad se da sin reparación, sin compensaciones económicas, sin tierras para cultivar en sociedades agrícolas. Así que la libertad se convierte en un viaje a la pobreza, la precariedad, la servidumbre y la exclusión social. Se perpetúa el racismo. Racismo que en el Caribe se refleja hoy en datos como que el 86.5 % de las personas negras y afrodescendientes puertorriqueñas que participaron en un estudio enfocado en jóvenes “reportó haber sido tratada injustamente, o conocer a alguien que lo ha sido, por su apariencia racial o color de piel”, de acuerdo con una publicación de la revista Todas.

Imagina que ahora, tantos siglos después, se reconoce la magnitud de ese crimen y se buscan vías para la reparación, y tres países, dos de ellos en América (Estados Unidos y Argentina) votan en contra de la propuesta, y 52, la mayoría de ellos participantes de la trata, se abstuvieron. De los argumentos que se han utilizado para justificar las abstenciones hablaremos en otro momento.

Por ahora piensa que en el territorio donde te esclavizaron, cinco siglos después, las autoridades prohíben a tus descendientes y a otros grupos afrocaribeños la práctica plena de las actividades culturales y religiosas que, envueltas en sincretismo, sobrevivieron a la colonización. La salve y el gagá son perseguidos o sus expresiones se intentan limitar en la parte de la isla Hispaniola que hoy ocupa la República Dominicana.

Y producto de un gran adoctrinamiento, una pésima educación pública (y a veces también privada) o por miedo a ser juzgados por quienes todavía los desprecian, algunos de tus descendientes escriben en algo llamado Instagram, mientras van en carros públicos a barrios que se inundan cuando llueve después de salir de trabajos mal pagados, que esta declaración no es necesaria, que en la República Dominicana el racismo no existe o que el gagá, las fiestas de palo o la salve son prácticas “extranjeras” o “diabólicas”. Como en tiempos de la Colonia, ni aquello que da un poco de alivio y esperanza a los grupos más marginados se puede vivir con libertad. La colonización de los espíritus dejó huellas.  

La negación de la negritud, del racismo y del colorismo producto de una división fomentada por el poder todavía es una herida abierta que dificulta las conversaciones sobre reparación e incentiva la discriminación en las familias y en las comunidades a las que les ha negado el conocimiento de su propia su historia. Unos negros discriminan a otros de piel más oscura. Pero la mayor discriminación es estructural, ahí donde coinciden la raza y la clase.

Casi nadie te recuerda pequeña tatarabuela esclavizada a los quince años, tus huellas en la historia están invisibilizadas para la mayoría de tus descendientes. Pero hay algunos que tratan de encontrarte para sanar el presente y para que nunca más ningún grupo humano tenga que sufrir las consecuencias de una colonización de tal magnitud. Esta declaración nos recuerda nuestra humanidad compartida, precisamente ahora, cuando, como consecuencia de procesos neocolonizadores, Israel comete un genocidio contra los palestinos, según Amnistía Internacional, y hay indicios de violencia genocida en Sudán del Sur.

Las ideas sobre racismo y superioridad racial que se desarrollaron para justificar el crimen de la trata trasatlántica sirvieron también para colonizar, someter y asesinar a otros grupos humanos en América, África, Medio Oriente y Asia durante el siglo XX e incluso en este siglo XXI, como han reflexionado escritoras decoloniales.

Así que la declaración sobre la trata trasatlántica, impulsada por una coalición de 60 países africanos, caribeños y latinoamericanos es justa, necesaria y pertinente por la ancestra que fue esclavizada a los quince años, por nuestra memoria y dignidad y también por la memoria y la dignidad de todos los seres humanos. Nunca más a la trata de seres humanos, a la esclavización o al apartheid como el que se vivió en Sudáfrica hasta 1994, y que fue consecuencia del orden mundial que inició en 1492.

Y sí eres una persona negra o mestiza de la República Dominicana o de algún otro pueblo del Caribe, imagina ahora que eres descendiente de esa joven que esclavizaron cuando tenía 15 años, y recuerda que todavía no estamos a salvo. Negar el racismo nos pone en riesgo. Defender la visión del amo no salvó a otros de los azotes, no nos salvará ahora de la discriminación mientras la ultraderecha avanza en el mundo. Hablar claro, cimarronear y no agachar la cabeza parece más peligroso, pero es la actitud que nos puede salvar de un nuevo tipo de plantación.