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Opinión | Por Jonathan De Oleo Ramos/Docente e investigador cultural

En la cosmovisión taína, la muerte no significa desaparición, sino tránsito. Lejos de concebirse como castigo o ruptura, era parte de un orden cósmico donde la vida continuaba en otra dimensión.

Según Fray Ramón Pané (1974), las almas viajaban al Coaybaii, la “morada de los ausentes”, situada en Soraya, un espacio inaccesible para los vivos y regido por Maquetaurie Guayaba, señor del mundo de los muertos.

Allí habitaban los opías, espíritus que encarnaban la continuidad de la existencia. De día permanecían ocultos; de noche salían a comer guayaba fruto simbólico de la muerte, a celebrar, danzar e incluso interactuar con los vivos.

Pané relata que podían adoptar forma humana, pero carecían de ombligo, marca que delataba su condición espiritual. Esta relación entre noche, cuerpo y tránsito revela una profunda concepción del equilibrio entre mundos.

Como plantea Roberto Cassá (2003), estas creencias expresan una estructura simbólica donde la muerte no rompe la vida social, sino que la prolonga.

En la misma línea, Marcio Veloz Maggiolo (1991) señala que los taínos entendían la muerte como “un paso hacia otras formas espirituales”, lo que se refleja en sus prácticas funerarias: enterramientos en posición fetal símbolo de renacimiento, ajuares, rituales prolongados y la preservación de restos como vínculo con los ancestros.