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Opinión | Doctor Nelson Figueroa Rodríguez/abogado y consultor internacional

La vida en su metáfora diaria tiende a busca la forma de sorprendernos, aunque, en la relación afectuosa que llevamos con la cotidianidad, siempre encuentra la manera de producir una cacofonía que rompe la parsimonia de la quietud y, a la misma vez, de manera sublime, nos retrae a lo angelical como si alcanzáramos el vellocino de oro de la antigua Grecia.

En este mar de turbulencias,  cada vez más se promueve una vida llena de hipérboles,  que  se aferran como estampa  al valor  de lo material;  nos quieren obligar a la simulación  de una vida ficticia llena de bonanzas y opulencias disfrazadas de felicidad, la cual , debemos vender, consumir y promover a través de las publicaciones en las redes sociales y, a la misma vez,  nos quieren obligar a aferrarnos a  una nueva fe basada y fundamentada en la  teología de la prosperidad, aquella que  nos  quiere presentar a un  Dios dador  de bondades, bonanzas  y riquezas,  que  aborrece a los pobres, los oprimidos y los marginados.

Todo esto es llevado a cabo por los nuevos y las nuevas “evangelizadores, evangelizadoras, promotores y promotoras” de la buenas nuevas, llamados “influencer”.

Bajo estas condiciones en que vivimos en la sociedad de hoy, se hace necesario remembrar y  apegarnos a aquellos momentos, circunstancias y personas con las cuales nuestra convivencia nos permite ser nosotros  mismos;  crear espacios de socialización que promocione y reviva el origen de nuestros valores, donde podamos interactuar a pesar de nuestras diferencias, caminar con aquellos  y aquellas que han hecho y han estado en nuestro proceso de crecimiento y desarrollo, los que han cedido su espalda para cargar nuestras dolencias, prestado sus oídos para escuchar nuestras angustias, cedido su voz  para darnos aliento, su tiempo para producirnos sonrisas y alegrarnos los momentos cuando hemos necesitado una masajito cerebral.

Necesitamos estar con el circulo de personas que de verdad se han alegrado de nuestros éxitos y han caminado con nosotros y nosotras en nuestros fracasos, aquellos y aquellas que han conocido el camino para acompañarnos en el sequito de un hospital, los y las que han vivido tus llantos y con su dolor han despido a los tuyos.

Esos son los mismos con los que comparte carcajadas que inundan los recuerdos y vuelven a sembrar nuestras vivencias, los que han estado desde el barrio, el pueblo, el campo, la escuela, la universidad, los grupos, los clubes y, sobre todo, aquellas y aquellas que conocen a nuestros hijos e hijas, a nuestras familiares, los y las que han compartido en tu hogar y tú en los de ellos, esos son los verdaderos influencer de nuestras vidas.

Por eso no sigamos malogrando el tiempo en excusas, machismo, feminismo y orgullo trasnochando que nos cohíbe de expresarle a los nuestros y las nuestras lo que verdaderamente sentimos; tenemos que disminuir el disfraz de afectos expresado en una publicación, en una historia, en un like, un shot, un post, o a través de un mensaje en su muro, o desde nuestro blog, cámbiemelo por una llamada directa, un abrazo y en cualquier momento o encuentro inesperado decirle  un te quiero hermano o hermana, amigo o amiga, dejarle saber cuán importante  son en nuestras vidas.

Sigamos promoviendo los espacios para compartir el buen vivir, disfrutar los triunfos y reírnos de los fracasos, reencontrarnos con la familia y con los amigos y amigas, recordar en común las cosas que dieron origen a nuestros vínculos, lo que nos acercan a pesar de nuestras diferencias.

 La sociedad de hoy nos arrodilla al individualismo, nos mantiene en línea en una vida irreal que busca satisfacer la banida y mantenernos sumido en un vacío existencial, en una lucha a muerte cual gladiadores en el Coliseo Roma luchando por su supervivencia. Nos ahogamos en el mar del ciberespacio, conectados, pero a la vez desconectados de nosotros mismos y de nuestra realidad, simplemente dominado por el algoritmo que nos impone lo que debemos seguir y los parámetros por lo que nos debemos regirnos.

Por eso insisto y apelo por los momentos que marcan nuestras vidas, aquellos que permanecen como un post publicado guardado en las redes de nuestras memorias, aquellos momentos que no lo podrá suplir la IA (Inteligencia Artificial), momentos que rompen el algoritmo de lo artificial y nos conectan con la afectividad expresada en un abrazo, aquellos momentos que cuando termine el ciclo de nuestra existencia, permanezcan tanto en esta, como en la otra vida.