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Opinión | Por Gisell Rubiera Vargas, M.A.

Vivimos en una época paradójica.

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, cada vez parece más difícil construir relaciones humanas profundas, estables y sostenibles.

Tenemos redes sociales, aplicaciones de mensajería instantánea, plataformas para conocer personas, aplicaciones de citas, videollamadas y herramientas capaces incluso de conversar con nosotros, acompañarnos y responder a nuestras necesidades.

 La tecnología ha hecho que estar en contacto sea extraordinariamente fácil.

Pero estar en contacto no es lo mismo que estar vinculados.

 Y quizás aquí se encuentra una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: mientras más herramientas desarrollamos para conectarnos, también desarrollamos más posibilidades para evitar las dificultades propias de relacionarnos con otros seres humanos.

 El problema de que el otro sea otro:

 Relacionarnos con una persona implica aceptar algo fundamental: esa persona no está bajo nuestro control.

Tiene sus propios deseos, tiempos, límites, necesidades, prioridades, contradicciones y formas de interpretar el mundo, otras veces tenemos que tolerar una incertidumbre que no podemos resolver inmediatamente.

Todo eso forma parte de una relación humana.

 Sin embargo, la tecnología nos está permitiendo construir entornos donde podemos reducir considerablemente esa incomodidad.

Si alguien no responde, podemos buscar a otra persona.

Si una conversación nos incomoda, podemos abandonar el chat.

 La tecnología no solamente está ampliando nuestras posibilidades.

También está ampliando nuestras posibilidades de evitación.

 La paradoja de la comodidad

Durante mucho tiempo, la humanidad tuvo que desarrollar habilidades para convivir porque no existían demasiadas alternativas, esto, no necesariamente porque fuéramos mejores seres humanos, sino porque nuestra realidad nos obligaba a desarrollar esas capacidades.

Hoy muchas de esas incomodidades pueden ser evitadas.

Y aquí aparece una pregunta que deberíamos hacernos:

¿Qué ocurre con una habilidad cuando dejamos de necesitar utilizarla?

Quizás algo parecido está sucediendo con nuestra capacidad para tolerar la incomodidad relacional.

No porque la tecnología sea mala.

Sino porque estamos viviendo en un entorno que nos permite retirarnos de la incomodidad con una facilidad que antes no existía, de ahí la poca motivación y voluntad de preguntar, escuchar, validar, y negociar como formas de construir relaciones duraderas.

 De la conexión al vínculo

Tal vez necesitamos recuperar una distinción fundamental:

conectar no es vincularse.

  • Podemos conectarnos con cientos de personas y no sentirnos verdaderamente conocidos por ninguna.
  • Podemos hablar todos los días con alguien y no tener intimidad emocional.
  • Podemos recibir cientos de reacciones y sentirnos profundamente solos.
  • Podemos tener acceso permanente a personas y, paradójicamente, experimentar una enorme dificultad para sentirnos seguros con alguien.

Porque el vínculo requiere algo que la tecnología no puede garantizar:

reciprocidad.

Requiere que las personas estén dispuestas a encontrarse en un espacio donde ninguna controla completamente el resultado.

 Quizás uno de los mayores desafíos del futuro no será la falta de tecnología, sino nuestra creciente expectativa de que todo debe adaptarse a nosotros.

Queremos respuestas inmediatas.

Disponibilidad inmediata.

Compatibilidad inmediata.

Satisfacción inmediata.

Y cuando algo nos incomoda, tenemos cada vez más herramientas para sustituirlo.

Quizás el verdadero desafío sea aprender a quedarnos

 El futuro podría necesitar más humanidad, no menos.

En fin, la IA seguirá desarrollándose y evolucionando y seguiremos teniendo más opciones para comunicarnos, entretenernos y satisfacer necesidades y eso probablemente, sea inevitable.

Pero precisamente por eso tendremos que proteger deliberadamente todo aquello que la tecnología no debería reemplazar, sobre todo, la capacidad de tolerar que otra persona sea diferente a nosotros.

 Quizás el gran desafío no sean las tecnologías, sino, no permitir que la misma nos vuelva incapaces de relacionarnos sin ella.

 Porque podemos construir un mundo donde ya nadie tenga que soportar la incomodidad de otro ser humano.

 Podemos tener compañía sin compromiso, conversación sin vulnerabilidad, satisfacción sin reciprocidad y conexión sin intimidad.

Pero entonces tendremos que preguntarnos algo incómodo:

si conseguimos eliminar casi toda la incomodidad de las relaciones humanas, ¿qué parte de la experiencia humana habremos eliminado también?

Tal vez amar siempre tuvo algo de incómodo.

Tal vez ser amigo de alguien también.

Tal vez convivir, negociar, esperar, perdonar y volver a intentarlo forman parte del precio —y también de la belleza— de encontrarnos verdaderamente con otro ser humano.

Y quizás, en una época que nos ofrece cada vez más formas de evitar a los demás, aprender a permanecer humanamente presentes sea una de las habilidades más revolucionarias que podamos conservar.