El caso Yomaira, I. Con unos 17 años, Yomaira, una joven que había crecido entre dificultades económicas y pocas oportunidades de crecimiento, no veía límites en sus sueños.
Entre libros prestados, regalados o ganados en concursos de su escuela, había desarrollado una mentalidad profunda que nadaba entre sueños, ilusiones y la esperanza de que educarse podía mejorar su vida; de que aprender le permitiría conocer aquellas cosas, alcanzar aquellos lugares y construir aquella vida que sus circunstancias socioeconómicas no le habían permitido imaginar de cerca.
Pero para Yomaira, crecer en un entorno donde nadie la impulsaba, la motivaba ni le mostraba que más adelante podía existir una vida diferente también podía convertirse en una forma de condena.
Ella creció rodeada de personas que habían aprendido a mirar la vida desde la derrota: una familia acostumbrada a sentirse víctima de las circunstancias, convencida de que salir adelante era cuestión de suerte, de dinero o de encontrar “la oportunidad correcta”. El talento parecía no importar. Prepararse tampoco. Estudiar, esforzarse, insistir o desarrollar capacidades no parecía garantizar nada, según lo que escuchaba una y otra vez.
Sus sueños, en lugar de encontrar un lugar donde crecer, encontraban explicaciones para morir antes de intentarlo. Y cuando una persona escucha durante años que el mundo no está hecho para el/ella, desarrolla dentro de sí una batalla silenciosa: decidir si creerle al entorno o creer en sí mismo/a.
Aunque todo parecía ir en contra, Yomaira eligió creer en sí misma. A pesar de los miedos y las inseguridades que le provocaba aquel ruido interno del “no se puede”, decidió que su realidad sería distinta. Pero para lograrlo necesitó algo más que voluntad: necesitó desarrollar una estrategia para sobrevivir a un entorno que no sabía cómo acompañar sus sueños.
Como no encontraba esperanza en su presente, comenzó a construirla en el futuro. Se aferró a la imagen de cómo se vería y cómo se sentiría la vida cuando lograra aquello que soñaba; a ese momento en que finalmente podría demostrar que no estaba equivocada.
Pensar en el futuro la sostuvo, pero también le cobró precios.
- Se esforzaba más que los demás de su generación.
- Mientras sus compañeros de clase pasaban el rato u organizaban algún compartir en su tiempo libre, ella dedicaba horas y horas en su habitación leyendo, estudiando y anticipando todo aquello que necesitaba aprender para ese futuro que visualizaba.
- En su rostro no se apreciaba tristeza, pero sí cierto grado de rigidez. Estaba y no estaba.
Mientras imaginaba el día en que todo cambiaría, fue perdiendo muchas veces el día que estaba viviendo. No disfrutó plenamente etapas, oportunidades, relaciones ni experiencias que también le pertenecían. Aprendió a posponer la vida con la promesa de que algún día, cuando llegara a donde quería, entonces sí podría vivir.
Y aquí aparece una dimensión de la historia de Yomaira que trasciende su experiencia individual.
Porque no todas las personas parten desde el mismo lugar, aunque se les diga que tienen las mismas posibilidades de llegar. Hay quienes crecen rodeados de personas que les enseñan a confiar en sus capacidades, que les muestran referentes, que pueden pagarles una formación, abrirles una puerta, presentarles a alguien o simplemente decirles: “tú puedes hacerlo”. Y hay quienes tienen que descubrir todo eso por sí mismos, mientras luchan al mismo tiempo contra la precariedad, la falta de oportunidades y las creencias limitantes de su propio entorno.
La desigualdad no siempre se presenta como una puerta cerrada. A veces se manifiesta como una carrera en la que algunos comienzan varios metros adelante y otros tienen que correr con el peso de sus circunstancias sobre los hombros.
Y para muchas mujeres, esa carrera puede ser todavía más cuesta arriba.
No porque tengan menos talento, menos inteligencia o menos capacidad, sino porque históricamente han tenido que demostrar más para ser reconocidas, prepararse más para acceder a determinados espacios, vencer más prejuicios para que sus capacidades sean tomadas en serio y, muchas veces, cargar con responsabilidades que otros no tienen que asumir.
Por eso, cuando una mujer logra llegar lejos desde un contexto adverso, no deberíamos reducir su historia a una historia de “éxito” ni atribuirla simplemente a la suerte, al talento o a su capacidad extraordinaria para esforzarse.
También deberíamos preguntarnos cuánto tuvo que superar para que ese talento pudiera siquiera tener una oportunidad.
Quizás esta sea una de las formas más silenciosas en que la desigualdad marca una vida: hay jóvenes que no tienen el privilegio de simplemente vivir su presente, porque desde muy temprano sienten que primero tienen que sobrevivirlo para poder llegar al futuro que sueñan.
Yomaira no solamente tuvo que construir un sueño. Tuvo que construir, casi desde cero, las condiciones internas para creer que ese sueño era posible.





