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Opinión | Doctores José Serulle Ramia y Jacqueline Boin

Un año más transcurrió en la vida de cada uno de nuestros pueblos.  Un año más marcó la historia del género humano y de la vida geológica del planeta en que nos ha tocado vivir.

            Los conocimientos acumulados por la humanidad están en capacidad, bien orientados, de fomentar una existencia de progreso para los habitantes del mundo, no importa donde se encuentren.

            Ahora bien, no obstante los avances experimentados por la sociedad en los diferentes campos, hay factores que impiden que estos se irriguen con la fluidez necesaria en el seno de los habitantes urbanos y rurales.

            La permanencia de la pobreza avergüenza y ofende;  la existencia del desempleo -en particular en los jóvenes- causa angustias, incertidumbres y sufrimientos;  la persistencia de salarios e ingresos bajos impide proporcionar dignidad al trabajador de la ciudad y del campo; las mínimas oportunidades brindadas a  los hacedores de arte e innovadores de ideas doblega la creatividad y hasta la aniquila ante la producción masiva de productos alienantes; la inequidad de género vulnera el sentimiento de cercanía, amor y fraternidad entre el hombre y la mujer, a la vez que lastima el nido familiar y las relaciones sociales; las múltiples y tristes razones que conducen al abandono del lar patrio rompen el vínculo entre el ser humano y su comunidad; los exiguos recursos consagrados a combatir la vulnerabilidad ante los eventos naturales y a reducir el riesgo de desastres nos coloca en una situación de mayores calamidades y menor resiliencia. 

 Lo más penoso es que estos factores en vez de ser eliminados, tienden a reproducirse cada año, en mayor o menor medida dependiendo del desempeño de los países. Esto, por supuesto,  nos indica lo lejos que aún estamos de enfrentar las causas que generan los males señalados.  En efecto, se impone que creemos las condiciones para modificar nuestros estilos de vida y nuestra conducta frente a la existencia misma del individuo, como ser social, y frente a la naturaleza, como fuente única de permanencia sana en la Tierra. 

Estos problemas, sin contar los muchos que restan por mencionar, nos invitan a reflexionar y a actuar para dotarnos de una verdadera capacidad para cambiar el rumbo de las cosas.

         Establecer un balance objetivo honesto, ceñido a la realidad nacional, regional e internacional, sobre los avances que hemos conocido en estos temas y otros es clave para seguir ensanchando no sólo el progreso humano, sino la preservación de la diversidad biológica y cultural en el mundo.

            Los huracanes  que se sintieron con fuerza inaudita en el Caribe en el 2017 mostraron una vez más la vulnerabilidad de nuestras islas, cuán adornadas de belleza natural y de diversidad cultural.

            Sin embargo, la solidaridad exhibida por sus Estados y sus pueblos -incluyendo a países afectados como República Dominicana y Cuba-, socorriendo a tiempo a las poblaciones golpeadas, muestra la grandeza de espíritu de los Caribeños, su alta solidaridad y su empeño por la unidad.

            En este 2018 realicemos todo lo que esté a nuestro alcance para que el planeta muestre con mayor fuerza sus distintas formas de vida, y que las expresiones culturales florezcan con más ímpetu en sus variados territorios.

            ¡Qué la Región del Gran Caribe, con su arco de islas, sus territorios sub continentales y su América Central, encuentre en la integración el proceso adecuado para el impulso de sus economías, de su seguridad alimentaria, del progreso material y espiritual de sus habitantes, y de su propio aporte a las demás regiones del mundo!

            ¡Qué el afán de ambición, y por tanto del dominio y de la opresión, sea desterrado de la faz de la Tierra, y la virtud, expresada en la solidaridad y en el bienestar humano, irradie con su luz al universo!

¡Qué los puentes de comunicación, cooperación y fraternidad entre los pueblos sean cada vez más imponentes e indestructibles, y que los versos de la unidad prevalezcan!

            ¡En fin, ¡qué en el 2018 veamos cómo se apagan las desigualdades, la pobreza y las guerras, mientras se asoman la integración, el progreso y la paz auténticos impulsados por todos nosotros, que tenemos el honor de habitar la tierra y el honroso deber de protegerla! 

Dr. José Serulle Ramia

Embajador de la República Dominicana en Trinidad y Tobago

Representante Permanente ante la Asociación de Estados del Caribe (AEC)

 

Decano del Cuerpo Diplomático en Trinidad y Tobago