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Opinión | Telésforo Isaac / obispo Iglesia Episcopal Dominicana

Este título sugiere reflexionar sobre el período existencial de la vida biológica. Se refiere a lo que acontece desde el nacimiento hasta  la muerte física. En verdad, tiene la intensión de apuntalar a la etapa en espacio y tiempo que ocupa el ser humano durante su exigua limitación en el mundo.

Desde luego, cada ser tiene un tiempo de duración variable y las circunstancias de cada uno es una experiencia particular y excepcional. Entre la llegada y la partida está lo que llamamos vida.

Hay dos facetas, dos acontecimientos en la existencia de todo ser humano que son ineludibles: el nacimiento, que es la llegada al mundo, y la muerte, que es la salida del mundo, de estos nadie puede escapar; pero el lapso entre el comienzo y el final de estos dos hechos que llamamos vida, debe ser tomada en cuenta con diligente mesura.

Es propicio tomar tiempo para analizar el devenir de la vida, y cuando sea posible, examinar la condición en que se desarrolla en esa etapa. Se debe sondear el pasado, considerar el presente y hacer lo necesario para estabilizar y mejorar día a día la condición física, emocional y espiritual. Esta mejoría debe ser progresiva  a fin de amar más y mejor a Dios, al prójimo y a uno mismo. 

El autor poético del Salmo 90: 10 se inspiró efectivamente, diciendo: “Setenta son los años que vivimos; los más fuertes llegan hasta ochenta”. Esto es así,  aunque en nuestros días y gracias al avance de la ciencia médica y la tecnología, algunos individuos pueden vivir unos años adicionales. Sin embargo, el lapso de la existencia “desde el comienzo hasta el final”, es natural del ser humano, porque es como un suspiro, o como una flor que brota por la mañana, perfuma  y adorna el ambiente, pero  ya en la tarde,  se marchita y pierde su belleza. Es así para el ser humano: nace y puede hacer grandes y maravillosas cosas en la sociedad; más de manera natural, muere y el cuerpo  inerte retorna al polvo, porque “de polvo somos y al polvo nos convertiremos”. (Génesis 3:19).

La llegada al mundo puede ser en pesebre, en cuna de paja, en una choza de un caserío de barrio marginado o un aislado paraje, o bien en un hospital donde ponen las parturientas en una misma cama. El nacimiento puede ser en una clínica privada de primera clase y en cuna forrada de terciopelo o seda. Unos nacen en ambiente de insalubridad y deficiencias sanitarias; otros vienen al mundo entre facilidades y satisfactorias eficiencias. Unos nacen en familias pobres, otros nacen en familias ricas o bien acomodadas. Muchos nacen sanos, algunos nacen con defectos congénitos. Algunos tienen la dicha de padres responsables, otros son desgraciados desde su llegada al mundo.  Algunos pueden comer tres o más veces al día; pero hay otros que comen cuando aparezca algo para engañar el estómago.

Muchas personas desarrollan capacidad mental,  sabiduría, disfrute cultural, alto nivel de conocimientos, habilidades, estudios, y los beneficios de los frutos sociales; más hay quienes sufren de carencia, alienación  y degradación de los beneficios del bien común.

No importa cuál sea la condición en que uno nace, vive o se crie, todos salimos del mundo al morir para comenzar una nueva dimensión en la existencia del alma. No importa la condición en que uno vive, hay ciertas experiencias que todo ser humano pasa durante su existencia mortal: enfermedades, dolencias físicas, traumas emocionales, momentos de inseguridad, y otros males que angustian al ser humano de vez en cuando. Por otro lado, hay momentos de disfrutes de bienestar social,  expresiones de afecto familiar, solidaridad fraternal, alegría,  gozo, sentido de libertad, y beneplácitos de beneficios sociales. Por tanto, es recomendable hacer el siguiente ejercicio mental-espiritual: 

• Cuenta sus bendiciones en lugar de sus  infortunios.

• Cuenta sus ganancias en lugar de sus pérdidas.

• Cuenta sus momentos de gozos en lugar de pesares o aflicciones.

• Cuenta sus amistades en lugar de sus adversarios.

• Cuenta sus sonrisas en lugar de sus tristezas.

• Cuenta sus valentías en lugar de sus temores.

• Cuenta sus bondades en lugar de sus mezquindades.

• Cuenta su salud en lugar de su riqueza.

• Cuenta con el favor de Dios en lugar de su autosuficiencia.

• Viva usted de manera que su paso por este mundo sea un  positivo ejemplo y su salida un recordado modelo de virtudes para su familia y la sociedad.

Telésforo Isaac

Obispo emérito Iglesia Episcopal/Anglicana