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Entre tú y yo… | P. Regino Martínez Bretón, sj

 Vamos a ver que lo decisivo, lo importante en mi opción de Vida Consagrada en el matrimonio, en la vida religiosa o “vivida sola”, es definir una espiritualidad, un modo, una forma de mantener una relación con el Ser Trascendente y el Otro. Esas relaciones tejidas con las actividades cotidianas les llamamos oración: que me dan un estilo de vida y generan una personalidad: El Servidor, La Servidora… Las grandes transformaciones dentro y fuera de uno mismo se realizan desde el interior de las personas---

 

 La relación con el Ser Trascendente la llamamos espiritualidad y la relación cultivada conscientemente entre los humanos le llamamos amistad.

 Si nos detenemos un poco a contemplar nuestra historia, y sin reflexionar mucho, vemos que los avances en la medicina, la educación, la política, la técnica, la economía…, han sido cada vez más rápidos y eficientes. Algunas culturas hemos pasado del burro al jet; del fotuto al celular; de radio bemba a comunicación digital…

 Nos hemos conceptualizados y contentados con que estén bien los que tengan oportunidad  de saber, lo cual nos hace indiferentes a los que padecen no tener oportunidad de saber y la brecha se hace cada vez más grande entre los que sabemos y los que padecen ignorancia… La cerebralidad endurece nuestro corazón y el sentir pasa a un segundo plano. Olvidándonos de que en la persona son determinante dos componentes básicos: cerebro y corazón. Pensar y sentir… Hoy, El conocimiento no está al alcance ni al servicio de la mayoría humana empobrecida.

Hoy, saber, conocer es poder y es un privilegio de una minoría. Qué contradicción! Mientras más avanzamos en conocimientos más nos degradamos en sentido de humanidad. Cuatro ejemplos: el consumo derrochador; los gastos en armas a nivel local y mundial;  los ataques terroristas de suicidas (fanatismo religioso) y de misiles (ambición);  y la irracionalidad e incoherencia de quienes renunciamos a los bienes materiales  y vivimos  en seguridad.

Si necesario es el pan material, que fortalece nuestro cuerpo, y mantener unas relaciones humanas; más aún, es necesario el pan de la oración, que nos lleva a descubrir en nuestro interior la semilla de Dios, que me abre al otro y me hace solidario desde la debilidad…

El pan material lo buscamos sin que se nos enseñe la forma de hacerlo. Lo buscamos impulsado por nuestra propia necesidad. El signo para nuestras madres, o para quien esté para cuidarnos, es el llorar… El ser solidario, crecimiento de la espiritualidad, se aprende en el proceso de nuestra socialización o en el auto aprendizaje de vivir. Tristemente, el ansia de más, expresión intrínseca de la trascendencia personal, connatural en nosotros, la queremos saciar prescindiendo de lo que hay inscripto en lo más íntimo del ser personal y que nos da una identidad, que nos hace descubrir la relación con el otro, porque tanto lo que nos identifica como lo que nos diferencia personalmente del otro, nos hace únicos y nos identifica la presencia del ser Trascendente en nuestro interior, que se oculta para que lo descubramos, con ayuda o solos, en el aprender a vivir.

El gran problema de nuestra humanidad, hoy, está en que ordinariamente nos dejamos llevar por lo que el “Yo” necesita y por las necesidades creadas al YO por quienes tienen el poder del saber y control de los medios de comunicación… El bienestar individual es lo determinante y si yo o mi grupo tenemos los recursos suficientes podemos determinar sobre lo que es de todos porque las leyes están hechas a favor de los que controlan el saber y los medias y en vez de crecer en una espiritualidad nos dedicamos a desarrollar y cultivar una yoicidad y con eso nos contentamos: “yo primero y el otro después…”, eso hace que prevalezca un sentido de humanidad limitado por “lo mío”…

La relación con el Creador, el Ser Trascendente, que nos hace partícipe de la vida, según nos dijo Jesús de Nazaret, se puede descubrir y llegar hasta Él teniendo en cuenta “al otro como a mí mismo”. Esta relación le da una dinámica a la persona totalmente diferente al “yo primero y al otro después”… “Al otro como a mí” genera relaciones y estructuras de comportamiento de humanización…, vivir teniendo en cuenta al otro, que hemos olvidado en la actual sociedad consumista e individualista, es una necesidad  que no podemos eludir.

Podemos preguntarnos como dijo María: ¿y cómo puede ser eso?... Lc.1, 34, Tenemos que iniciar un proceso para “alimentar nuestro espíritu”. Como hemos dicho alimentar nuestro cuerpo lo comenzamos solos…, alimentar nuestro espíritu es con ayuda de nuestros padres o tutores. La primera escuela es la familia nuclear o amical, en última instancia uno mismo, continuando en la escuela y centros de enseñanza especializada…, y con nuestra practica y lecturas.

Así como hay dieta y ejercicios adecuados al cultivo del cuerpo…, lo mismo existen ejercicios espirituales para fortalecer el “conocer y sentir” con el otro partiendo de la presencia en lo más intimo de mi interioridad de: “la Semilla de Dios”, que asumida conscientemente se convierte en el Valor Originario, que le da sentido a mi vida y desarrolla sentido de humanidad, como hemos visto en el artículo anterior.

Recordemos: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. La necesidad de consumir para vivir no puede saciar la necesidad de MÁS que existe en nuestro interior; y como sabemos no son las cosas que van a satisfacer esa necesidad de MÁS… La espiritualidad personalizada y vivida en debilidad con la fuerza de Dios nos hace personas nuevas y genera estructuras de justicia, verdad, equidad, solidaridad…. El cambio que necesitamos viene desde dentro de la persona. Lo pasajero está fuera de ti. Lo perdurable está dentro de ti. Lo has identificado? Lo has cultivado?