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Entre tú y yo… | P. Regino Martínez Bretón, sj

Las conversaciones sobre la espiritualidad no son tan frecuentes a nivel personal ni a nivel comunitario. Quizás es por eso que la violencia personal e institucionalizada por los gobiernos, la corrupción pública y privada, el clientelismo político, el individualismo exagerado, el yo que anula el tú, la vida fácil y placentera, etc., etc…, predominan en la actualidad.

             La espiritualidad llega a lo más profundo de la persona y regula el comportamiento en base a valores, principios, tanto a nivel personal como comunitario.

            Si analizamos el comportamiento humano, en la actualidad, caemos en la cuenta de que las personas estamos más determinadas en nuestro comportamiento por la exterioridad más que por los valores que aparecen en nuestro interior, pensamiento y corazón…  En ese sentido, somos incoherentes; es decir, pensamos y sentimos una cosa y hacemos otra… Hay expresiones que  se han enraizado en nuestra cultura contemporánea y determinan nuestro comportamiento, por ejemplo: “no seas p…....”, “para que la cruz vaya a mi casa que vaya a la ajena”, “yo primero y el otro después”,  “si no la hace a la entrada la hace a la salida…”; “el que nada tiene, nada vale”; “no tiene razón y me amenaza… yo lo voy a arreglar…” para qué va uno a la justicia?”… “la ley es sólo para el chiquito…” Y así podríamos seguir citando expresiones que hacen presente el anti-reino…; anulando la expresión típica del Reino de Dios: “al otro como a mi…”

            Debemos tener presente que en las personas existen dos componentes básicos trascendentes y tres componentes básicos inmanentes:

I.              Componentes TRASCENDENTES: los que son más que yo y más que nosotros; es decir, no dependen de mí ni de nosotros…

1.1. LA VIDA: Yo no la he pedido, ni la he escogido, ni me la he sacado…, ha sido una donación,  somos iguales y somos diferentes, somos ´únicos y somos irrepetibles. Esos componentes de mi vida son una donación de Alguien que es más que yo, me trasciende; me sobre pasa y le llamamos Dios;. nos hace gente, persona; y por las características que tenemos somos lo visible de Dios; el Ser que nos trasciende y da la vida……

           Si el Ser Trascendente, Dios, me da la vida…, la relación con el Otro me da la identidad personal; es decir, yo soy yo y no soy tu… Fijémonos bien:; Yo me identifico como “yo”; pero el Otro también se identifica como, “yo” y me identifica a  mí como un “tú”. Lo mismo hago yo, que identifico al Otro como “tú”… Es por eso que podemos decir somos iguales y somos diferentes. Eso que nos iguala y que nos diferencia es lo visible del Ser Trascendente, de Dios… Ahí está la raíz de nuestra dignidad; es decir, el valor de la persona, lo que  le da valor a la persona no es el dinero, no es lo que  tiene, ni el color de piel, sino que el valor de la persona está en que es “imagen de Dios” ( Gen. 1). En cada persona hay “un chin de Dios”…

           Además de la identidad personal tenemos la identidad comunitaria “nosotros”, como familia somos “nosotros”; como barrio somos “nosotros”; como junta de vecinos y asociación somos “nosotros”; como país somos “nosotros”; como humanos somos “nosotros”….El Otro a mí y Yo al Otro nos damos identidad personal y comunitaria… Yo necesito al Otro y el Otro necesita de mí. Si perjudico al Otro me hago daño a mí mismo. Tememos que defendernos, ayudarnos, protegernos…, porque somos únicos e irrepetibles, somos imagen del Ser Más Grande y Sabio… Y cuando sabemos que alguien es Grande. Sabio, Único e Irrepetible… Qué…?

           Cómo fortalecer la vida? Con el “pan material” y con el “pan de la enseñanza” . No dejamos de alimentar a la criatura que nace hasta que ella misma sea capaz de hacerlo por sí misma; manteniendo las personas adultas la responsabilidad libre (compromiso) de buscar los recursos necesarios para mantener una buena alimentación y demás necesidades…  Aquí nacen los derechos inalienables de las personas (DD.HH.), que a la vez generan deberes, que son válidos para mí y para  el otro…                          

 1.2.        LA FE. Este es el segundo valor que nos trasciende, porque no nace de mí, sino que también es una donación, del Ser Trascendente, Dios; y como cultivo la vida también tengo que cultivar la fe. .

Qué es la fe? Es creer en alguien o en algo aunque no lo vea, aunque no lo toque, aunque no lo sienta directamente y no lo puedo negar… La fe fortalece mi identidad personal y nuestra identidad comunitaria. La fe nos hace iguales, nos exige un compromiso, me hace una invitación personal que le da sentido a mi vida; le llamo “valor originario”.

Quién ha visto, tocado, sentido directamente un pensamiento? Podemos negar que los pensamientos existen?...

La Fe nos da una identidad y un compromiso: “… Yo pertenezco a tal iglesia (identidad personal…)… Otros pertenecen a la misma iglesia y entonces decimos: NOSOTROS (identidad comunitaria). Ese NOSOTROS es la comunidad, el sentido eclesial; es decir, estamos invitados a continuar la misión de Jesús (eclesialidad). Tenemos el compromiso de salvar la humanidad desde “la debilidad solidaria con la fuerza de Dios”, que las personas refuerzan con la Vida Consagrada en el matrimonio (compartir y dar vida), así lo humano se diviniza … O vive en comunidad apostólica (Servicio Solidario), así lo divino se hace humano.

 Atención: “podemos cambiar de ideología y no de actitud…”  Podemos decir: qué bonito, qué interesante es nuestro compromiso y seguir igualitos/as… Limpiándonos con el otro. Anulando o explotando al otro…

Cultivar la fe es tan necesario como cultivar la vida. Cómo cultivar la fe? Con la “oración y el discernimiento” .Fijémonos bien el tiempo que dedicamos  a cultivar la vida (cómo lo hacemos?); y el tiempo que dedicamos a cultivar la fe (qué tiempo dedicamos?)…,  vuelva al inicio de este artículo…

Cultivar la fe es mantener una relación permanente , cotidiana con el Ser Trascendente y el Otro. Eso es oración. Eso es tener una espiritualidad personalizada. Así como mantener una relación con otra persona le llamamos amistad… Lo mismo con el Ser Trascendente y le llamamos espiritualidad. Esa relación se fortalece haciendo lo que Él me dice: “al otro como a mí mismo”…

 

P. Regino Martínez Bretón, sj

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