Sin lugar a dudas, cultivar la espiritualidad nos mantiene vivo y actuante el sentido de humanidad; nos hace presente el compromiso permanente de nuestra fe cristiana: “…al otro como a mi…”
Ahora nos vamos fijar en los tres componentes inmanentes, que están dentro de cada uno de nosotros: el cerebro, el corazón y las relaciones. Cada uno de los componentes tiene una misión específica para que la persona logre el fortalecimiento y crecimiento de su vida, su fe.
Con la racionalidad: buscamos la raíz de los hechos. El por qué… es lo que nos diferencia de los animales…, genera pensamientos…
Con el corazón: que genera afectos, sentimientos… podemos amar / odiar, disponibilidad / rechazar; acoger / indiferente; servicio solidario / servicio financiado…
Con las relaciones crecemos y desarrollamos nuestra identidad personal y comunitaria, la amistad y la espiritualidad…
Tenemos que fijarnos en cómo fortalecer el componente trascendente FE para obtener los resultados que dignifican nuestra VIDA. FE y VIDA no pueden vivir divorciadas, separadas. Recordemos la frase de Jesús: …”de qué le vale a la persona echarse el mundo en un bolsillo…, si se pierde a sí mismo?” ( Lc.9, 25).
Hemos dicho que con la oración y el discernimiento cultivamos, fortalecemos la FE. La oración genera una espiritualidad y define un estilo de vida dándonos una personalidad: EL SIERVO-LA SIERVA. (Is. 42,1-9)”.
Por tanto, vamos a ver que lo decisivo, lo importante en mi opción de Vida Consagrada, en la comunidad familiar o en la comunidad apostólica, es definir una espiritualidad, tener un modo, una forma de relación: con Dios y con los demás, que sea permanente en la cotidianidad…
Esa relación permanente y cotidiana con el ser Trascendente y con el Otro la puedo lograr si apoyo mis acciones e intenciones en mi valor originario, lo que le da sentido a mi vida, la semilla de Dios, lo que me saco de mi casa.. Eso se llama vivir teniendo una fe personalizada y una vida integrada haciendo lo que Dios quiere, que es lo mejor para Mí y para el Otro. Esto se consigue con una actitud de humildad, de disponibilidad solidaria.
Tenemos como desafío descubrir el Valor Originario para fundamentar y fortalecer la entrega personal y vivirla en comunidad familiar o comunidad apostólica. Esto me exige abrirme a Alguien Trascendente y sólo decir: AQUÍ ESTOY, SEÑOR. QUÈ QUIERES DE MÍ? CUÀL ES TU INVITACIÒN AHORA Y CÓMO VIVIRLA?... Como dijo María: ¿y cómo puede ser eso?... Lc.1, 34.







