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Noticias | Redacción Espacinsular

“Soy el presidente de la ley y orden”, proclamó anoche Donald Trump, en una dramática rueda de prensa en los jardines de la Casa Blanca en la que anunció el despliegue de “miles y miles de soldados y agentes del orden fuertemente armados” para asegurarse de que el toque de queda decretado por el ayuntamiento de Washington para contener las protestas se cumple.

Pasadas las once de la noche, un helicóptero del ejército realizaba vuelos extremadamente bajos en la capital para tratar de dispersar a los manifestantes.

El líder estadounidense definió el grueso de las protestas como “terrorismo doméstico” e invocó una ley de 1807 para desplegar el Ejército en los estados que no sean capaces de frenar la violencia. “Protegeré vuestras vidas y vuestros derechos, también la segunda enmienda”, añadió el presidente en alusión al pasaje de la Constitución que protege la posesión de armas. Ni un guiño, ni un gesto a las demandas de los manifestantes, la mayoría pacíficos.

El productor televisivo que sigue llevando dentro Trump construyó un dramático momento para la ocasión: junto a su discurso, las pantallas partidas de las televisiones retransmitían las imágenes del exterior en las que se veía a efectivos de la Guardia Nacional, una rama de reserva del Ejército formada por voluntarios, y la policía federal tratando de dispersar a los manifestantes frente a la Casa Blanca con gases lacrimógenos, pelotas de goma, empujones y caballos. Faltaba aún media hora para la activación, a las siete de la tarde, del toque de queda. ¿Por qué una reacción tan contundente a una protesta que ayer fue totalmente pacífica?

La respuesta llegó en el segundo acto del show televisivo. Minutos después, despejado y controlado el espacio, el presidente salió a pie del recinto para visitar, Biblia en mano, la iglesia de Saint John, que la víspera acabó en llamas en medio del caos y hacerse una foto con parte de su equipo. Una imagen evidentemente electoral pensada para movilizar a su base –en especial a la derecha cristiana, que con la crisis del coronavirus está perdiendo la fe en él– pero no para aplacar las tensiones, dar esperanza a los manifestantes o unir al país.

Mariann Budde, la obispa responsable de la iglesia episcopaliana visitada por Trump se declaró “indignada” el “abuso de símbolos sagrados” por parte del presidente, Biblia en mano, frente al templo. “No podía creer lo que mis ojos veían esta noche”, dijo. “El presidente no vino a rezar a Saint John”, añadió Budde, que criticó la incapacidad de Trump reconocer el dolor y la agonía que atraviesa el país, así como la “falta de liderazgo moral y político”. “Si no miramos de cara a las raíces de los cánceres y pecados de nuestro país nunca los superaremos”, imploró en la CNN la líder religiosa episcopaliana.

La llamada a los gobernadores

El presidente: “Tenéis que imponeros, si no vais a parecer una banda de gilipollas”

“Vergonzoso”, sentenció el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, que criticó la fuerza usada por la policía para dispersar a los manifestantes sólo para que Trump pudiera llegar a pie a la iglesia. “¿Esto es ‘hacer América grande de nuevo’? ¿Es esto americano? No me lo parece”, dijo. “Ha creado un momento explosivo sólo para hacerse una foto”, sentenció por su parte el gobernador de Illinois J.B. Pritzker. “La policía federal”, criticó la alcaldesa de la capital, Muriel Bower, “ha hecho más difícil el trabajo del Departamento de Policía local” con el uso de munición contra “manifestantes pacíficos” antes de que comenzara el toque de queda.

El tono autoritario y militarista de Trump provocó reacciones de incredulidad e indignación en el país, mientras sus seguidores lo aplaudían en las redes sociales y algunos blancos armados comenzaban a merodear por algunas ciudades, como Fishtown (Filadelfia). “¡Amenazar a los americanos con usar el Ejército americano contra su propio pueblo!”, se indignó la senadora Kamala Harris, que le reprochó que ignore el dolor del país y use la Biblia “como un accesorio”.“Trump se hizo amigo de dictadores. Hablaba como ellos. Ahora está actuando como uno, desplegando violencia autoritaria sobre nuestros conciudadanos americanos. Debemos frenarle para salvar al país”, reaccionó la congresista demócrata Pramila Jayapal.

Horas antes de su intervención ante la prensa, se filtraba la acalorada charla telefónica que Trump mantuvo con los gobernadores de los 50 estados del país, a los que insultó con la misma pasión con la que les pidió no andarse con chiquitas con los manifestantes. “Tenéis que imponeros porque si no os van a pasar por encima y vais a parecer una banda de gilipollas. Tenéis que detener y procesar a la gente”. Si no paráis esto “todo va a ir a peor”. “La mayoría de vosotros sois unos débiles”, “unos tontos”, les gritó, muy alterado en algunos momentos, como puede apreciarse en la grabación de la conversación.

Alerta máxima

Los servicios secretos llevaron al mandatario al búnker de la Casa Blanca el viernes

No está claro dónde ha pasado las últimas noches el presidente. Sólo ahora se ha sabido que el viernes por la noche, sorprendidos por las protestas, los servicios secretos lo llevaron al búnker de la Casa Blanca, algo que en ge­neral solo se hace en caso de alerta terrorista alta. Trump tuiteó a la mañana siguiente que siguió de cerca “cada movimiento” de ma­nifestantes, policía y servicios secretos. Recalcó que no podía haberse sentido “más seguro”. Lo que no se sabía es que desde donde lo ­siguió todo fue desde el fortificado subterráneo de la Casa Blanca. La imagen de líder atrincherado que transmitió explica también su empeño por salir ahí por su propio pie de la residencia presidencial acompañado por las cámaras.

El domingo, diferentes marchas de protesta volvieron a recorrer Washington desde primera hora del día. Al caer la noche, el ambiente pacífico de las concentraciones y vigilias dio paso a algunos choques entre manifestantes y la policía, lo que llevó a la alcaldesa de la ciudad a decretar el toque de queda. La Casa Blanca apagó excepcionalmente la iluminación exterior, una estampa que propició numerosas metáforas sobre la ausencia de liderazgo en el país en un momento como este.

Cerca de las once de la noche, la policía pasó a la acción para expulsar a los manifestantes del adyacente parque de Lafayette a empujones y con gases lacrimógenos. La situación se descontroló rápidamente, según testigos presenciales. En medio de la confusión, los alborotadores tomaron el mando de la primera línea de la protesta. Y fuera de ella. Comenzaron a lanzar piedras, bengalas, bombonas de gas y hasta patinetes al otro lado de la barricada, donde los agentes respondieron con más dureza que en días anteriores, golpeando con bates a los manifestantes, que salieron corriendo por las calles.

Algunos agitadores quemaron coches y destrozaron las fachadas de varios edificios. Unos manifestantes los jaleaban, otros interpelaron a los autores de los destrozos para implorarles que pararan y dejaran de hacer daño a su causa. Lejos del centro, donde la policía estaba concentrada, se sucedieron actos de pillaje al norte de la ciudad.

Protestas sociales

La riqueza media de una familia blanca es diez veces mayor que la de una negra en EE.UU.

Si Trump hubiera mirado por la ventana anteanoche, habría visto varias columnas de humo saliendo de los alrededores de la Casa Blanca. El sótano de la iglesia de Saint John –lugar de culto de washingtonianos y presidentes de EE.UU. desde 1815– fue presa de las llamas aunque el in­cendio, iniciado en el sótano, pudo sofocarse a tiempo. Ardió también la sede de la ­Federación de Trabajadores de EE.UU. (AFL-ICO) que respondió que “el movimiento obrero es más importante que un edificio y las vidas de los negros importan”.

Black Lives Matter, como se llama el movimiento de denuncia del racismo surgido hace un lustro. La misma frase que una refinada tetería del centro destrozada por las protestas, Teaism, usó para reaccionar “antes de que otros pongan otras pa­labras en nuestra boca”. O el restaurante Founding Farmers: “La rabia está justificada. Preferiría que se expresara pacíficamente pero si me toca a mí sufrir algún daño material, seamos serios, eso no es sufrir”, dijeron sus dueños.

Distinguir entre las legítimas protestas pacíficas, que muchos estadounidenses apoyan, y la violencia será seguramente más difícil conforme avancen los días, caso de que la protesta se prolongue. El trasfondo de esta rabia no es sino la desigualdad económica y social, que en EE.UU. tiene un fuerte sesgo racial. La riqueza media de una familia blanca americana es diez veces mayor que la de una negra. Un afroamericano tiene 2,5 más posibilidades de ser asesinado por la policía que un blanco. La lista de disparidades históricas continúa.

La amenaza de Trump

“Entraremos y haremos lo que tenemos que hacer con el poder ilimitado del Ejército”

La coincidencia de las protestas y los disturbios con una pandemia y una grave crisis económica constituye un cóctel explosivo. Imposible prever por cuánto tiempo se prolongará las manifestaciones. Decenas de ciudades han decretado toques de queda para contenerlas. Pero a las puertas del verano y con 40 millones de nuevos parados, no es descartable que EE.UU. entre en un prolongado periodo de agitación social. Las elecciones, como ayer recordó en un escueto tuit Trump, son el tres de noviembre. “¡Ley y orden!”, reclamó, como se esperaba, haciendo suyo el eslogan con el que Richard Nixon fue elegido presidente en 1968 después de un largo periodo de agitación social. Confía en que a él le ayude a conseguir un segundo mandato pero está por ver cómo pesan el caos y su agresiva respuesta en los votantes.

Conforme pasan los días, la policía ha reprimido a los manifestantes con creciente contundencia –brutalidad, en no pocos casos–, lo que no ha hecho sino agravar las tensiones. La chispa que volvió a hacer estallar las tensiones sociales latentes en el país fue al fin y al cabo un episodio de violencia policial que se cobró la vida de otro negro desarmado más, George Floyd, hace una semana en Minneapolis.

Trump pidió más mano dura a los gobernadores de los estados afectados por las protestas –en su mayoría, demócratas, dado su carácter urbano– y les acusó de haber convertido al país “en el hazmerreír del mundo”. “Tenéis que intentar que la gente vaya a la cárcel por mucho tiempo”, “no tengáis demasiados reparos”. “Alguien que tira una piedra es como si disparara una pistola. Debes tomar represalias y usar el sistema legal”, recomendó a los gobernadores, a los que amenazó con imponer su respuesta. “Entraremos y haremos lo que hay que hacer, y eso incluye utilizar el poder ilimitado de nuestro Ejército y muchas detenciones (...) Esto es como una guerra... Y la terminaremos rápido”.